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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Aaron Sorkin vuelve a la sala de máquinas y se queda corto: la secuela de La red social tropieza con su propio director

El guionista retoma el universo de Mark Zuckerberg y las redes sociales en El precio de la red, pero su decisión de ponerse detrás de cámara reproduce los mismos vicios que ya se le señalaban. Crítica desde el set, con recuerdos de aquella primera película que David Fincher supo ordenar.

LB
Lorena BergamascoCultura y espectáculos · · 3 min de lectura
Aaron Sorkin vuelve a la sala de máquinas y se queda corto: la secuela de La red social tropieza con su propio director

Imaginate la escena: una sala de montaje con luz de fluorescente, cajas de negativos apiladas contra la pared y, en la pantalla, la imagen digital de un campus universitario californiano que se pretende actual pero suena a déjà vu. En esa pantalla aparece El precio de la red, la película que Aaron Sorkin escribió y esta vez también dirigió, y que llega a las salas con la pesada mochila de ser presentada como una suerte de secuela espiritual de La red social de 2010. La expectativa, claro, era enorme. Lo que se encuentra el espectador, sin embargo, es un eco lejano de aquella película, una versión desteñida del mismo mundo, ahora sin la mano firme que aquella vez lo contenía.

Porque el problema central de El precio de la red no está en lo que se cuenta sino en cómo se cuenta. El guion vuelve a internarse en el universo de Mark Zuckerberg y de las redes sociales, recoge también algunas obsesiones que Sorkin viene arrastrando desde The Newsroom y desde aquel proyecto sobre el 6 de enero que lleva años intentando llevar a la pantalla sin encontrarle la vuelta, y construye un entramado que, sobre el papel, promete chispas. El problema es que nadie lo frena.

Cuando el guionista se queda solo con sus palabras

La crítica especializada viene marcando este pulso desde hace rato: los mejores textos de Sorkin llegaron a la pantalla gracias a directores que supieron ponerles límites. David Fincher en La red social, Danny Boyle en Steve Jobs, Rob Reiner en Algunos hombres buenos: tres realizadores que entendieron el material, lo celebraron y, sobre todo, lo editaron. Sin esa tensión externa, lo que aparece es lo que El precio de la red muestra en toda su extensión.

  • Secuencias de diálogo larguísimas que existen más porque suenan bien dichas en voz alta que porque avancen la historia.
  • Escenas de interiores con problemas de iluminación llamativos, en parte inexplicables si se tiene en cuenta que el director de fotografía es el mismo que en La red social.
  • Un montaje sin urgencia, donde la cámara rara vez sale de lo funcional y las imágenes no terminan de independizarse del texto.
  • Una tendencia al idealismo discursivo que, sin un realizador externo que la recorte, termina pesando sobre el conjunto.
“Un guardia de tráfico con los brazos caídos mientras los autos derrapan y atropellan todo”Personaje interpretado por Bill Burr en la película

Esa línea, que ya circulaba en los tráilers, funciona como una autoconsciencia involuntaria del propio film. Dice el personaje de Burr, lo dice también la película entera, lo dice incluso el propio Sorkin cuando se escucha a sí mismo sin filtro.

Mi lectura, a esta altura, ya está bastante armada: a Sorkin le sienta mejor cuando otro lo edita. No es una opinión menor ni gratuita: es lo que demuestra la historia del cine que lleva su firma. Cuando aparece un director que lo quiere y lo discute, aparecen películas que quedan. Cuando se queda solo con su texto, aparecen estas películas que se escuchan mucho pero se ven poco. El precio de la red no es un desastre: es, en todo caso, la confirmación de una evidencia que el propio guionista parece conocer, nombrar y no terminar de resolver. Quince años después de aquella primera red social queFincher ordenó con bisturí, Sorkin vuelve a la sala de máquinas y se tropieza, otra vez, con su propio reflejo.

LB
Lorena BergamascoCultura y espectáculos

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