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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Aprender a decir que no: la asignatura pendiente que también se hereda y se puede reescribir

Ansiedad, insomnio y resentimiento acumulado son algunas de las marcas que deja no saber poner límites. El otro extremo, el de quien no tolera el no ajeno, también hace su propio daño. Especialistas explican por qué esta dificultad se construye en la infancia y por qué, con trabajo, puede modificarse.

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Marta VillalbaSociedad · · 4 min de lectura
Aprender a decir que no: la asignatura pendiente que también se hereda y se puede reescribir

Hay una escena que se repite en muchas familias argentinas y que, vista de cerca, dice mucho más de lo que parece. Es la del domingo al mediodía, cuando la mesa está servida y alguien, casi siempre la misma persona, termina aceptando un plato que no quería, una visita que le pesa o un que no le cierra, todo para no romper el clima. Afuera puede estar fresco o puede haber un sol fuerte de verano; adentro, en cambio, la temperatura emocional se va cargando de algo difícil de nombrar. Esa escena cotidiana, que parece menor, es muchas veces el escenario donde se aprende —o se deja de aprender— a poner límites.

El límite como forma del amor, no como su opuesto

Antes de los primeros gestos, incluso antes del balbuceo, el límite empieza a formarse en los primeros meses de vida. El bebé necesita que alguien lo ponga porque, sin un afuera que contenga, no hay psiquismo posible. El pecho que no siempre está disponible, el no ante un peligro, la espera antes de la satisfacción: todo eso, vivido en su momento como pura frustración, es lo que permite ir construyendo la diferencia entre uno mismo y el otro, entre el deseo y la realidad. El límite, entonces, no es lo opuesto del amor; es una de sus formas más silenciosas y más necesarias.

Cuando ese proceso no se completa bien, lo que queda son dos patrones opuestos y muy frecuentes en la consulta clínica. Conocerlos ayuda a reconocerse sin tener que pasar por la culpa ni por la etiqueta.

Dos patrones frecuentes: el que no puede y el que no tolera

El primero es el de quien no puede poner límites. Suele ser alguien que aprendió, muy temprano, que el propio deseo molesta o que decir que no pone en riesgo el vínculo. De grande, acepta lo que no quiere, tolera lo que le hace daño y se hace cargo de lo que no le corresponde. Lo que sigue no es abstracto: son cuadros de ansiedad, un resentimiento que se acumula de a poco y un cansancio que ningún descanso resuelve, porque no es físico sino psíquico. Con el tiempo, el cuerpo empieza a poner los límites que la persona no puso: dolores sin causa orgánica clara, insomnio, síntomas que aparecen justo donde la palabra no llegó.

El segundo patrón es el espejo invertido: el de quien no tolera el límite ajeno. Cualquier no se vive como una ofensa o un desafío personal. Esa posición puede parecer fortaleza, incluso carácter, pero responde en realidad a una imagen frágil de uno mismo que necesita confirmarse venciendo la resistencia del otro. Las relaciones, entonces, tienden a organizarse alrededor de su voluntad y eso, a la larga, las va vaciando por dentro hasta que queda apenas la forma.

  • Dificultad para decir que no: suele asociarse a ansiedad, resentimiento acumulado, cansancio que no se resuelve con descanso y, con el tiempo, síntomas físicos como dolores sin causa clara e insomnio.
  • Intolerancia al no ajeno: cualquier negativa se vive como ofensa o desafío; las relaciones se organizan en torno a la propia voluntad y, a mediano plazo, se deterioran.
  • Punto intermedio posible: decir que no sin culpa y escuchar un no sin sentirlo como amenaza, aunque implique arriesgar un vínculo de dependencia afectiva o económica.
  • Origen: no es un rasgo de carácter fijo; se construye en la infancia, en la relación con los primeros cuidadores.
  • Buena noticia: puede revisarse con un tratamiento adecuado, que ofrece un espacio para aprender a decir hasta acá sin sentir que se traiciona al otro.

Entre esos dos extremos existe un punto intermedio que no es ni sumisión ni imposición. Es la capacidad de decir que no sin culpa y, al mismo tiempo, de escuchar un no sin sentirlo como una amenaza. Llegar hasta ahí tiene un costo real, porque implica arriesgar el vínculo con alguien de quien se depende, ya sea en lo afectivo o en lo económico. Aun así, ese costo suele ser menor que el precio que se paga por seguir postergando el propio límite.

Se construye y, por lo tanto, puede deconstruirse

Lo más importante, y lo que más se repite en los consultorios, es que esta dificultad no es un rasgo inmodificable de la personalidad. Se construyó en un momento —en la infancia, en la manera en que los primeros cuidadores acompañaron las primeras frustraciones— y, cuando no se construyó bien, puede revisarse. Un tratamiento adecuado ofrece el espacio para aprender a decir hasta acá sin sentir que se traiciona al otro, y para volver a la escena del domingo —o a la de cualquier día— sin tener que elegir entre el vínculo y la propia integridad.

“Si me tengo que quedar con algo de todo esto, me quedo con una idea que, para mí, cambia la conversación: no se trata de un defecto de carácter ni de una cuestión de fuerza de voluntad. Se trata de algo que se aprendió, y lo que se aprende puede desaprenderse, aunque lleve tiempo y, sobre todo, aunque duela un poco. Es un alivio enorme escuchar que no hay que seguir pagando el costo de no haber aprendido antes.”Reflexión de cierre
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Marta VillalbaSociedad

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