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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Caminar entre árboles, sin apuro y sin teléfono: la terapia silenciosa que nació en Japón y se practica en cualquier plaza

El shinrin-yoku, conocido como baño de bosque, propone volver al ritmo lento de las caminatas para reducir el estrés. No hacen falta sierras ni reservas naturales: una plaza arbolada y media hora sin pantallas pueden alcanzar.

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Marta VillalbaSociedad · · 4 min de lectura
Caminar entre árboles, sin apuro y sin teléfono: la terapia silenciosa que nació en Japón y se practica en cualquier plaza

En la plaza del barrio de Boedo, una mañana de martes en la que el viento arrastra hojas de tipa y un sol tibio se cuela entre los jacarandás todavía sin flor, un grupo de vecinos camina en silencio. Van despacio, casi sin hablarse, mirando hacia arriba, tocando el tronco de los árboles con la punta de los dedos. Yo, que vine a ver qué hacían, termino contagiándome del ritmo y me olvido del teléfono en el bolsillo. Es, según cuentan, la forma más simple de practicar lo que los japoneses llamaron shinrin-yoku hace ya más de cuatro décadas.

Un invento de 1982 que buscaba sacar a la gente de las oficinas

La historia empieza en el Japón de principios de los años ochenta, cuando la industrialización más intensa había empujado a millones de personas a trabajar jornadas largas en oficinas de ciudad y a vivir en departamentos minúsculos. El gobierno, preocupado por el aumento del estrés crónico, promovió que la población volviera a recorrer los bosques del país. El término shinrin-yoku puede traducirse como baño de bosque, aunque no tiene nada que ver con meterse al agua: la idea es sumergirse con los sentidos en un entorno arbolado, sin reloj ni meta deportiva, simplemente caminando y prestando atención a lo que se ve, se escucha, se huele y se respira.

Lo que empezó como una política pública derivó en una práctica con bastante cuerpo de investigación detrás. Como me explica desde su casa de San Isidro Marta Regueiro, kinesióloga y vecina del barrio La Lomada, que se acercó a la técnica hace tres años, lo más valioso es que no exige nada raro: cualquier persona puede empezar mañana mismo, sin entrenamiento previo ni equipamiento. Yo la escucho mientras afuera la brisa mueve las ramas y el ruido de los autos parece quedar lejos, y la verdad es que le encuentro razón a cada palabra.

Qué le pasa al cuerpo cuando uno se interna en un bosque

Distintos estudios, sobre todo de equipos japoneses y coreanos, midieron qué ocurre en el organismo de quienes caminan varias horas por un entorno forestal. Los resultados más consistentes, que no definitivos, muestran descensos en los niveles de cortisol, la hormona asociada al estrés, cambios favorables en la frecuencia cardíaca y una baja en la actividad del sistema nervioso simpático, que es el que se activa ante amenazas. También se investigó el efecto de los fitoncidas, los compuestos volátiles que liberan los árboles, sobre el sistema inmunológico, aunque esa línea todavía no permite cerrar una conclusión firme.

Una de las hipótesis más repetidas tiene que ver con la atención. En la ciudad, el cerebro funciona casi todo el día en piloto automático reactivo: notificaciones, bocinas, decisiones, pantallas. En el bosque no pasa nada de eso. Sin esa presión constante, la atención pasa de modo alerta a modo tranquilo, y mucha gente describe después de la caminata una sensación de mayor claridad mental, como si la cabeza se hubiera ordenado sola. Yo no puedo probarlo con números, pero después de esta mañana en Boedo reconozco que la sensación existe, y eso ya es bastante.

Cómo se practica, qué se necesita y qué errores conviene evitar

Lo más interesante de la técnica es lo poco que pide. Para empezar alcanza con un espacio arbolado — puede ser una plaza de barrio, un parque urbano o, idealmente, una reserva con árboles nativos — y con una caminata de entre veinte minutos y una hora. La receta básica se resume en unos pocos pasos:

  • Dejar el teléfono en modo avión o directamente en el bolsillo durante toda la caminata.
  • Elegir un ritmo lento, sensiblemente más lento que el ritmo habitual, sin meta de distancia ni de tiempo.
  • Prestar atención a los sentidos: mirar las copas, escuchar los pájaros, oler la corteza, tocar los troncos.
  • No buscar rendimiento ni contar pasos: si aparece la gana de sentarse en un banco, sentarse.
  • Repetir la práctica con cierta frecuencia, al menos una vez por semana, para que el cuerpo lo registre como costumbre.

Vale aclarar algo que los investigadores suelen repetir: la mayor parte de los estudios compara caminatas en bosque con caminatas en ciudad, de modo que no es posible separar cuánto del beneficio viene de los árboles en sí y cuánto del silencio relativo, la luz natural, el aire libre o, simplemente, de alejarse unas horas de las obligaciones cotidianas. Lo que sí parece firme es una idea más amplia: el sistema nervioso responde al ambiente donde funciona, no solo a técnicas o decisiones voluntarias. Y durante casi toda la historia humana ese ambiente fue natural; la vida urbana, en comparación, es cosa de ayer.

Cuando me voy de la plaza de Boedo son cerca de las once de la mañana, el viento ya refrescó y un par de jacarandás empezaron a tirar las primeras flores lilas sobre las veredas. Me llevo la imagen de los vecinos caminando despacio en silencio y la idea de que, en un mundo que pide urgente todo el tiempo, regalarse una hora entre árboles sin hacer nada en particular puede ser una de las decisiones más sensatas del día. No hace falta reservar un vuelo a un bosque de Japón: alcanza con la plaza de la esquina, un poco de atención y la voluntad de volver, por un rato, al ritmo que tenían las cosas antes de las pantallas.

MV
Marta VillalbaSociedad

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