Cincuenta años después, "Los demonios" llega entera a la pantalla grande con sus 114 minutos intactos
La restauración en 4K devuelve al cine la versión definitiva que el director Ken Russell armó en 2004 y que durante décadas quedó oculta por los tijeretazos de la censura británica y la condena del Vaticano. Se proyecta desde el 16 de octubre en España.

Imaginate la sala a oscuras, el ruido del proyector arrancando y, por fin, esa imagen largamente vedada: el rostro de Vanessa Redgrave asomando entre las sombras de un convento donde las monjas caen poseídas y un sacerdote camina hacia la hoguera. "Los demonios", la película que Ken Russell filmó en 1971 y que el Vaticano quiso enterrar, vuelve a las salas españolas completa, con sus 114 minutos, tal como el director inglés la concibió como versión definitiva en 2004. Es la primera vez que puede verse íntegra en una pantalla de cine desde aquel año.
Una historia real detrás de la hoguera
Para quien se acerque por primera vez, vale la pena saber que Russell no inventó nada: tomó como punto de partida un episodio real del siglo XVII,Loudunaclaro la transcripción: el convento de las ursulinas de Loudun, en Francia), donde varias religiosas denunciaron estar poseídas por el demonio. Acusaron al sacerdote Urbain Grandier de haber invocado a los espíritus malignos. Lo condenaron por brujería y murió quemado vivo. Aldous Huxley, el autor de "Un mundo feliz", se obsesionó con el caso y lo llevó a la novela "Los demonios de Loudun", que sirvió de base al guion.
Con ese material, Russell construyó una película que no tardó en meterse en problemas. En los años setenta, diecisiete municipios de Gran Bretaña la prohibieron directamente. Donde se exhibió, lo hizo con calificación X, es decir, prohibida para menores de dieciocho años. Finlandia la tuvo vetada hasta noviembre de 2001. Y el Vaticano no se quedó en declaraciones tibias: condenó el filme y pidió que se cancelaran sus proyecciones en el Festival de Cine de Venecia. Una persecución que, vista desde hoy, suena casi medieval para una película que el propio director describió como su única obra política: "Para mí, trataba sobre el lavado de cerebro, sobre la toma del poder por parte del Estado", dijo Russell, fallecido en 2011.
Los 89 segundos que cambiaron todo
Durante más de cinco décadas circularon dos versiones recortadas: la copia británica llegaba a 111 minutos y la estadounidense se conformaba con 108. En ambos casos, para conseguir los permisos de distribución fue necesario eliminar secuencias que Russell y su editor Michael Bradsell consideraban centrales. El crítico cinematográfico Mark Kermode, que conoció personalmente al director, lo explicó con una frase que duele: "Estas alteraciones le rompieron el corazón a Ken Russell porque el material eliminado no solo contenía parte de su mejor trabajo, sino que también encapsulaba el corazón temático de la película".
Releí varias veces el recorrido de esta película y confieso que me emociona. Hay algo profundamente humano en la idea de que un rollo mal catalogado, escondido durante años en un archivo, pueda devolverle a un autor muerto lo que la censura le quitó en vida. Ken Russell no llegó a ver su obra completa en circulación masiva, pero la pudo dejar armada, como una carta póstuma, gracias a la obsesión de un crítico que entendió que aquellos 89 segundos no eran un capricho: eran el corazón de la película. Ahora nos toca a nosotros, los espectadores, sentarnos en la sala y dejar que esos 114 minutos nos atraviesen enteros, sin que nadie nos cuente qué podemos ver y qué no.
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