Cuando el cuerpo no avisa: el valor de chequearse aun sin síntomas
Una persona puede sentirse en plenitud y, sin embargo, arrastrar presión elevada, glucosa alterada o lesiones silenciosas. Por qué los controles médicos preventivos son una inversión y cada cuánto conviene hacerlos según la edad y los antecedentes.

A las nueve de la mañana, la sala de espera del centro de salud de San Antonio de Areco ya tiene las primeras hojas del turno entregadas. Hay un rumor de ventilador de pie y un sol tibio que se cuela por la ventana. Es el momento en que Carlos, albañil, cincuenta y dos años, dos hijos grandes, me cuenta mientras espera que lo llamen que él nunca se sintió mal en su vida, y que justamente por eso terminó en el consultorio: la médica del barrio le insistió tanto con el control anual que al final fue, y volvió con la derivación para hacer una ergometría porque la presión le había dado alta tres veces seguidas. "No me dolía nada, eh, estaba perfecto, y mire lo que era", me dice, todavía un poco asombrado, mientras firma la planilla con birome azul.
La escena, que parece menor, condensa una idea que los profesionales vienen repitiendo hace décadas y que muchos pacientes todavía descreen: no tener síntomas no significa que no haya nada. Hay condiciones que se instalan calladas durante años, ganan terreno sin dar señales y, cuando finalmente se hacen notar, ya dejaron huella. La hipertensión arterial es una de ellas. Las dislipemias, es decir, el colesterol y los triglicéridos fuera de rango, también. Lo mismo ocurre con la glucosa en sangre camino a una diabetes tipo 2, con ciertas anemias, con la pérdida de función renal en sus primeras etapas y hasta con algunos tumores que, pesquisados a tiempo, cambian radicalmente el pronóstico.
Qué se hace en una visita preventiva
En un control de rutina, el equipo de atención primaria releva peso, talla, presión arterial, frecuencia cardíaca y función respiratoria, y revisa ojos, oídos, piel y mucosas. Con esa primera foto, define qué estudios de laboratorio o de imágenes hacen falta, y la indicación no es universal: depende de la edad, del sexo, del historial clínico personal y de los antecedentes familiares. Michelle Spencer, enfermera especializada certificada de la Universidad de Utah, explicó que los cuidados preventivos contemplan el historial médico, los antecedentes familiares y el estado presente de salud para armar un plan individual, y que por eso no hay dos libretas iguales.
A esos datos clínicos se suman los análisis de sangre y orina, que aportan información sobre el funcionamiento del riñón y del hígado, los niveles asociados con diabetes y riesgo cardiovascular, la presencia de anemia o de procesos inflamatorios. La decisión de pedir uno u otro estudio siempre pasa por la consulta médica, y eso es clave: no se trata de hacerse todo siempre, sino de hacerse lo que corresponde en cada momento.
- Entre los 20 y los 30 años, una persona sana y sin antecedentes puede espaciar el chequeo cada uno a tres años.
- A partir de los 40, la recomendación habitual es pasar a controles anuales, sobre todo si empieza a sumar factores de riesgo como sobrepeso, sedentarismo o antecedentes familiares.
- Entre los 45 y los 75 años, se recomienda incorporar la pesquisa de cáncer colorrectal; la colonoscopia cada diez años es una de las alternativas, aunque los antecedentes pueden adelantar el inicio.
- Durante el embarazo, los controles prenatales regulares apuntan a detectar a tiempo complicaciones como preeclampsia, diabetes gestacional, alteraciones del crecimiento fetal u otras situaciones que requieren seguimiento cercano.
Lo que el cuerpo calla, el consultorio suele encontrar
Volvamos a San Antonio de Areco. Cuando lo llamaron por nombre y entró al consultorio, Carlos se sentó, se sacó el camperón y se subió la manga de la remera para el primer registro de presión del día. La médica le explicó, como hace con cada paciente, que ese número, junto con los análisis y la escucha de los antecedentes familiares, es la forma concreta de cuidarlo antes de que algo pase. Carlos asintió, firmó la orden de la ergometría y salió a la galería todavía con el oído puesto en lo que le habían dicho. Afuera, el ventilador de pie seguía girando y el sol de la mañana seguía tibio. La diferencia era que él ya no estaba del mismo modo en que había llegado: tenía un turno nuevo en la mano y, sobre todo, la certeza de que sentirse bien nunca alcanza para estar bien.
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