Cuando el grito es mudo: la salud mental de los chicos atraviesa una crisis que nadie alcanza a contener
Síntomas que se multiplican en aulas, consultorios y guardias, profesionales que no alcanzan, y circuitos que fragmentan al niño hasta dejarlo solo en el momento más crítico de su vida. Una recorrida por lo que se ve, lo que se calla y lo que todavía falta.

En el barrio de San Justo, una mañana de julio en la que el viento parece haberse olvidado de la estación, María Laura, maestra de quinto grado, me abre la puerta del aula con esa mezcla de urgencia y cansancio que ya se volvió costumbre entre quienes trabajan con chicas y chicos. «Últimamente tengo nenes que no duermen, nenas que dejan de comer, otros que se lastiman los brazos en silencio», me dice mientras acomoda un banco corrido por las marcas que alguien dejó con un fibón. La escena no es excepcional: se repite en escuelas, consultorios y guardias de todo el país, y dibuja un mapa de una crisis de salud mental infantil que crece mientras los dispositivos para atenderla siguen siendo los mismos de hace décadas.
Lo que llega a las aulas y a los consultorios
El cuadro clínico que describen profesionales y docentes se parece más a un rompecabezas que a una foto fija. Aparecen chicos que no pueden dormir, que dejaron de comer o comen de manera compulsiva, que se aíslan del grupo, que se autolesionan o que expresan, con una crudeza que deja sin aire a cualquier adulto, que no quieren seguir viviendo. Detrás de cada uno de esos síntomas hay una historia que, en muchos casos, tardó años en encontrar a alguien dispuesto a escucharla. En las guardias, los equipos pediátricos atienden cada vez más episodios de ansiedad, ataques de pánico y desbordes emocionales que antes quedaban recluidos en la esfera de la salud mental y hoy desbordan hacia cualquier rincón del sistema de salud.
Porque la violencia es parte central de ese cuadro. Las estimaciones de UNICEF indican que 1 de cada 8 niñas y mujeres sufrió una violación o una agresión sexual antes de los 18 años, y entre los varones la proporción es de 1 de cada 11. Buena parte de esas experiencias permanece silenciada durante años porque nunca encontró un interlocutor, y sus efectos sobre la salud mental puedenextenderse durante toda la vida. A eso se suman maltratos cotidianos, negligencia, humillaciones que pocas veces quedan registrados en un expediente y que van dejando huellas que los equipos escolares y sanitarios aprenden a leer entre líneas, con el cuerpo de los chicos como único mensaje.
Pantallas, apuestas y aprendizaje en jaque
A ese escenario se agregó en los últimos años una dimensión nueva, que llegó de la mano de las pantallas y que cambió la manera en que chicos y adolescentes se relacionan con el mundo. Quedan expuestos a contenidos sexuales no deseados, a plataformas de apuestas y a material que promueve conductas de riesgo sin que haya, en muchos hogares, un adulto que pueda acompañar lo que se ve. Según datos de UNICEF, 1 de cada 4 adolescentes argentinos apostó dinero al menos una vez, un dato que los equipos de salud mental miran como un signo de alerta temprana y no como una travesura propia de la edad. El uso intensivo de pantallas, además, no es solo un hábito: en muchos casos funciona como refugio ante soledades que no tienen otro lugar adonde ir, y termina ocupando el espacio que la escuela, la familia o la comunidad ya no pueden llenar.
Los resultados de las pruebas PISA 2025 suman una señal más a este cuadro. Casi 8 de cada 10 estudiantes argentinos de 15 años no alcanzaron el nivel básico en Matemática, y alrededor de 6 de cada 10 tampoco lo hicieron en Lectura ni en Ciencias. Aprender exige atención, confianza y capacidad de tolerar la frustración, recursos que se agotan rápido cuando la energía psíquica de un chico está puesta en sobrevivir al hambre, a la violencia o al abandono. Así, lo que se presenta como un problema de aprendizaje termina revelando, en la mayoría de los casos, un problema de salud mental que la escuela sola no puede resolver.
Servicios saturados y un chico que se pierde en el medio
Cuando una familia logra advertir que algo está mal y se anima a pedir ayuda, suele chocarse contra un muro que se repite de norte a sur: servicios saturados, falta de profesionales especializados y tiempos de espera que convierten una señal temprana en una urgencia consumada. La atención, además, llega fragmentada: la escuela recibe el problema de conducta, el hospital recibe el síntoma, la justicia recibe la infracción, y el chico, en el medio, puede perderse como persona dentro de un circuito de informes e intervenciones que casi nunca se hablan entre sí. Mientras tanto, los equipos de salud mental infantojuvenil son escasos, los sueldos no alcanzan y las condiciones de trabajo empujan a muchos profesionales a migrar hacia la práctica privada o a dejar la especialidad, dejando huecos que las familias sienten en carne propia.
- Falta de profesionales especializados en salud mental infantojuvenil en el sistema público.
- Listas de espera que pueden extenderse durante meses para un primer turno.
- Atención fragmentada entre salud, educación y justicia, sin un plan común por chico.
- Sobrecarga de los equipos escolares, que terminan siendo los primeros en detectar los casos.
- Escasa formación en detección temprana para docentes y pediatras.
- Falta de dispositivos específicos para situaciones de violencia y abuso sexual en la infancia.
- Recursos insuficientes para el seguimiento sostenido de los tratamientos.
Salgo de la escuela de María Laura cuando ya cae la tarde y el aire se vuelve más fresco, ese alivio breve que trae el viento cuando termina el horario de clases. En el patio todavía quedan chicas y chicos que se quedan un rato más, como si no tuvieran apuro por volver a sus casas, o como si la escuela fuera, para muchos de ellos, el único lugar donde alguien se detiene a preguntarles cómo están. Esa imagen, tan chica y tan cotidiana, resume mejor que cualquier estadística lo que atraviesa hoy la salud mental de los chicos en la Argentina: un grito que muchas veces es mudo, un pedido de ayuda que llega en forma de insomnio, de herida, de silencio, y un sistema que todavía no logra hacerse cargo a tiempo de escucharlo.
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