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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Cuando el "no" también cuida: la frontera fina entre criar con afecto y criar sin norte

Especialistas en crianza coinciden en que poner límites a los chicos no equivale a autoritarismo, sino a enseñarles a tolerar la frustración y a vivir con otros. La clave pasa por sostener la palabra con presencia y sin violencia.

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Marta VillalbaSociedad · · 4 min de lectura
Cuando el "no" también cuida: la frontera fina entre criar con afecto y criar sin norte

En muchas casas de Lanús y de otros municipios del conurbano empieza a escucharse una queja que se repite: los padres y las madres sienten que perdieron la brújula. Ya no saben cómo poner un límite sin que el chico les diga que "eso no se hace", o sin que ellos mismos queden invadidos por la culpa. La escena es casi idéntica: una tarde cualquiera, un nene de cinco años pide algo que no puede tener, el adulto empieza a explicar, negocia, cede, vuelve a ceder, y termina concediendo lo que en principio había decidido no conceder. A la salida del colegio, Carolina, mamá de Tomás, lo cuenta con una mezcla de cansancio y de honestidad que comparten miles de familias: "Le dije que no a las golosinas antes del almuerzo, pero después me miró con esa carita y le dije que sí. Y a la noche me sentí mal". Esa incomodidad, dicen las especialistas consultadas, no es un fracaso moderno: es la señal de que hace falta volver a conversar qué es un límite y qué es un abuso de autoridad, porque en los últimos años la línea se corrió demasiado y hoy cuesta distinguir una cosa de la otra.

La psicóloga infantojuvenil Ivana Raschkovan, autora del libro "Infancias respetadas", lo dice con una frase que sirve para entender toda la cuestión: "Conversar no quita autoridad; al contrario. La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso". Es decir, el problema no es hablar, sino dejar de sostener lo que se dijo en cuanto el chico se enoja.

Autoridad no es lo mismo que autoritarismo

La especialista distingue con claridad los dos términos. El autoritarismo, explica, es un abuso de poder. Respetar a los chicos y a los adolescentes no equivale a dejarlos hacer lo que quieran: el respeto está en el buen trato, en escucharlos, en explicarles por qué, pero también en decirles que no cuando hace falta. "El respeto no está en la ausencia de normas", resume.

El tema no es nuevo. En los años sesenta, la psicóloga Diana Baumrind describió tres estilos de crianza que hasta hoy funcionan como mapa para las familias:

  • Autoritario: reglas rígidas, castigos y poca escucha al niño.
  • Permisivo: mucho afecto, pero límites difusos o directamente ausentes.
  • Democrático o autoritativo: normas claras sostenidas con diálogo y con contención afectiva.

El último es el que la mayoría de los especialistas recomiendan como punto de equilibrio. No es un estilo blando ni uno duro: es uno que pone y que sostiene, pero que también explica y acompaña.

La psicóloga Deborah Bellota coincide en que, en los últimos años, proliferaron los padres permisivos. "Suelen ser muy afectuosos, pero muchas veces no ponen límites por miedo a que el hijo se enoje con ellos", señala. Esa dinámica, agrega, puede favorecer la autoestima del chico, pero también genera dificultades para autorregularse, baja tolerancia a la frustración y resistencia a las figuras de autoridad fuera del hogar.

Los límites como forma de cuidado

Para Raschkovan, los límites no son un castigo: son una herramienta de cuidado. "Son indispensables para aprender a vivir en sociedad. La vida misma ya presenta dosis diarias de frustración: hay que ir a dormir aunque quieran seguir jugando, no se puede almorzar caramelos, hay que dar la mano para cruzar la calle. Esas pequeñas frustraciones cotidianas van construyendo la tolerancia a la frustración", afirma.

Esa capacidad, coinciden las dos especialistas, no aparece sola: se aprende. Si un chico no experimenta el "no" en un entorno seguro y contenedor, es probable que no desarrolle los recursos emocionales necesarios para procesar situaciones difíciles cuando esté solo, en la escuela, en un grupo de amigos o en el trabajo, muchos años después.

Bellota agrega que el trabajo del adulto no termina cuando dice "no": empieza ahí. Porque un límite sin explicación es una orden, y una orden sin afecto es un castigo. Lo que marca la diferencia, dice, es lo que viene después: contener la emoción del chico, validar lo que siente, pero sin dar marcha atrás con la decisión. "El límite se sostiene y se acompaña", resume.

Vuelvo a la escena del principio, a la cocina de Carolina, a esa tarde de calor pesado en la que el ventilador gira lento y Tomás insiste con las golosinas. Lo que las especialistas sugieren no es volver al grito ni al "porque yo lo digo". Es, más bien, poder decirle al chico, con la misma ternura con la que se lo abrazaría, que no se puede, y sostenerlo aunque el nene se enoje. Porque en esa pequeña frustración diaria, repetida miles de veces, se construye algo que ningún manual puede fabricar de afuera: la capacidad de vivir con otros y de tolerar, también, la palabra no.

MV
Marta VillalbaSociedad

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