Cuando la grita se impone: Fito Páez le plantó cara a la seguridad en Mar del Plata
El rosarino frenó su show en el Polideportivo Islas Malvinas para defender al público de un operativo que, según la producción, quería evitar que la gente avanzara hacia el escenario. La discusión reaviva un debate eterno: ¿se puede bailar en un recital con localidades numeradas?

Las luces todavía no terminaban de acomodarse en el Polideportivo Islas Malvinas y ya se olía el clima de fiesta grande en Mar del Plata. Fito Páez salió a escena con esa energía que lo caracteriza, dispuesto a desandar un repertorio que, como en cada gira, suele funcionar como una máquina de envolver a la gente en un abrazo colectivo. Pero antes de que la noche terminara de tomar forma, el cantante frenó la música, tomó el micrófono y se convirtió, otra vez, en la voz de un público que se sintió pasado de rosca por el personal de seguridad.
La escena, según relataron después asistentes y la propia producción, fue tan simple como elocuente: mientras el rosarino cantaba, varios espectadores eran obligados a permanecer sentados. Páez lo vio, lo sintió, y decidió intervenir. No fue un exabrupto aislado: en sus shows el ida y vuelta con la tribuna es parte del espectáculo, una conversación que el músico viene alimentando desde hace décadas, desde aquel 1992 de El amor después del amor que reventó los escenarios argentinos.
Lo que se vio desde el escenario
De acuerdo con lo que se difundió después, el operativo de seguridad estaba pensado para impedir que los espectadores dejaran su fila para colarse en localidades más cercanas al escenario, en un estadio donde cada ubicación tenía un precio distinto y un lugar asignado. La idea, explicaron desde la producción, era que cada uno pudiera levantarse, bailar e incluso cantar parado en el sector que había comprado, pero sin invadir el espacio ajeno. Sin embargo, la letra chica del operativo no se cumplió como se esperaba: en la práctica, varios efectivos terminaron pidiéndole a la gente que se quedara sentada, y en algunos casos el diálogo fue más allá de lo verbal.
“No son policía, loco, son seguridad. No pueden tocar a la gente.”Fito Páez, durante el recital
El músico también aprovechó para pedirle al público que no se dejara avasallar. La frase cayó como un baldazo de agua fría en medio del show, pero abrió una discusión que se venía gestando desde la primera fila hasta las bandejas superiores. En las redes, las posturas se multiplicaron: estaban los que bancaban a pie juntillas a Páez y los que recordaron que habían pagado fortunas por un lugar cerca del escenario y vieron cómo desconocidos se les sentaban al lado a mitad de la función.
La producción, las quejas y la respuesta del artista
Después del show, la producción reconoció que la cadena de indicaciones no había funcionado como debía y que algunos efectivos pudieron haber interpretado, con mejor o peor criterio, que tenían que pedirle a la gente que se sentara. Aseguraron que el operativo se corrigió sobre la marcha, ya con el recital en marcha, para que nadie se quedara parado en contra de su voluntad.
En paralelo, llegaron mensajes a las cuentas oficiales con reclamos cruzados. Hubo asistentes que se quejaron por la interrupción del espectáculo y consideraron desproporcionada la reacción del músico. Otros, en cambio, pidieron que se respetara la inversión de cada localidad y cuestionaron a quienes avanzaban desde las filas del fondo hacia adelante como si el escenario fuera una estación de tren en hora pico.
Páez retomó la cuestión en sus redes y fue al hueso: aclaró que el personal cuestionado no había sido contratado por su equipo y sostuvo su postura sin pedir disculpas. Exploté y no me arrepiento de una sola palabra que dije con la adrenalina en sangre, escribió, con ese tono que mezcla confesión y declaración de principios que lo viene acompañando desde siempre.
Cómo organizar (de verdad) un recital con localidades numeradas
Lo cierto es que el episodio deja en evidencia una tensión que se repite en cada show con butacas asignadas: cómo se convive con un público que quiere bailar, cantar y moverse, en un espacio donde cada lugar tiene un dueño. Si la idea es que la fiesta sea completa, el punto de partida pasa por algunas reglas simples.
- Definir con claridad quién compra qué: si el sector es de pie, se vende como de pie; si es numerado, se cobra como numerado y se informa de antemano que nadie puede ocupar un asiento que no le corresponde.
- Capacitar al personal de seguridad para que su tarea se limite a indicar y orientar, sin contacto físico innecesario con los asistentes, sobre todo en recitales donde la emotividad suele jugarse entero.
- Permitir que la gente se ponga de pie y baile en su propia fila, siempre que no invada el espacio de las localidades vecinas.
- Reforzar los controles de entrada con pulsera, ticket digital o cualquier sistema que permita acreditar la ubicación, en lugar de trasladar la discusión a la tribuna.
- Habilitar puntos de reclamo visibles dentro del estadio, para que cualquier situación se pueda resolver sin que el artista tenga que bajarse del escenario a mediar.
- Evaluar después de cada show qué funcionó y qué no, y ajustar el operativo con la misma seriedad con la que se ajusta el guion del recital.
Yo estuve en muchos shows de Fito, desde aquella primera vez que lo vi en Rosario hasta las visitas más recientes a Buenos Aires, y siempre me pasó lo mismo: el tipo tiene la extraña capacidad de leer la tribuna como si fuera un libro abierto. Por eso, más allá de los centímetros de más o de menos que cada uno le quiera encontrar a la reacción, lo de anoche en Mar del Plata deja una enseñanza que excede al Polideportivo Islas Malvinas. En un país donde ir a un recital se transformó en una experiencia cada vez más cara y más reglada, discutir cómo se trata al público no es un capricho de rockero pasado de revoluciones: es parte del show, le guste a quien le guste, y esta vez, como en tantas otras, Fito volvió a poner el tema sobre la mesa con la adrenalina a flor de piel.
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