Dormir mal y migraña: el descanso que falta aparece en el calendario del dolor
Un relevamiento polaco con más de cinco mil adultos detectó que casi dos de cada tres personas con migraña tenían un sueño deficiente, una cifra muy superior a la del resto. Especialistas locales coinciden en que mirar el reloj biológico puede cambiar la conversación clínica.

Son las siete de la tarde en Pilar y la brisa del río todavía arrastra algo de calor cuando Laura, 47 años, cuenta que lleva tres noches peleando con la almohada. Acomoda la taza de tila sobre la mesa y dice, sin dramatismo, que el martes amaneció con la sien izquierda inflamada otra vez y que en la farmacia ya la conocen de memoria. Cuando le pregunto si le cuesta dormir, se queda callada un segundo antes de responder que sí, que desde hace meses el dolor de cabeza y el insomnio forman una cadena que no sabe por dónde cortar. Esa escena, multiplicada por miles, es la que quiso iluminar un equipo de la Universidad Médica de Wrocław, en Polonia, al cruzar respuestas de 5.311 adultos sobre cómo descansaban y cómo vivían sus cefaleas.
Una diferencia que se nota en el termómetro del sueño
El trabajo, publicado en una revista científica revisada por pares, comparó a 1.523 personas con migraña, 1.213 que no habían tenido cefaleas en el último año y otros grupos con dolor de cabeza tensional o sin clasificar. La herramienta elegida fue el Índice de Calidad del Sueño de Pittsburgh, que asigna un puntaje según la duración del descanso, los despertares nocturnos, la latencia para conciliar el sueño y la somnolencia diurna. Un valor por encima de cinco puntos ya se considera problemático. La mediana entre quienes sufrían migraña fue de siete; entre quienes no registraban cefaleas, de cinco. La diferencia se mantuvo incluso después de ajustar por edad, sexo y tipo de trabajo, lo que sugiere que no es solo un efecto del estrés cotidiano.
En términos más simples, el 64,1% de los participantes con migraña tuvo un descanso deficiente, frente al 38,7% del grupo sin cefaleas. Es casi el doble, una brecha que no se explica por casualidad y que los autores proponen atender en la consulta. El dato coincide con lo que repiten los neurólogos argentinos cuando reciben pacientes que llegan agotados: dormir mal y tener migraña suele ser un combo que se retroalimenta, aunque todavía no se sepa quién arrastra a quién.
- Dormir mal aparece en el 64,1% de las personas con migraña, contra el 38,7% de quienes no tienen cefaleas.
- El estudio no demuestra causalidad: no prueba que el insomnio provoque migraña ni que mejorar el sueño reduzca los ataques.
- La mediana de calidad del sueño fue de siete puntos en el grupo con migraña y de cinco en el grupo sin cefaleas.
- El horario nocturno fue más frecuente entre los participantes con migraña, aunque su vínculo con el dolor fue débil.
- Los investigadores sugieren incorporar la evaluación del sueño a la atención clínica de la migraña.
Lo que dicen las respuestas, y lo que todavía no
El diseño del trabajo merece una aclaración honesta. Los participantes respondieron cuestionarios una sola vez, no hubo seguimiento ni polisomnografía ni actigrafía. Eso significa que los hallazgos describen asociaciones, no relaciones de causa y efecto, y que una parte del cuadro puede deberse a variables que no se midieron, como la presencia de apnea del sueño o el consumo de ciertos medicamentos. Aun así, dentro del grupo con migraña apareció un patrón consistente: quienes descansaban peor reportaron más días de cefalea por mes, mayor limitación funcional y niveles más altos de estrés y ansiedad. La asociación más firme fue con la calidad de vida, un terreno que suele quedar afuera del consultorio y que resume, mejor que cualquier marcador, lo que significa convivir con la enfermedad.
“Acá lo escuchamos todo el tiempo: el paciente te dice que duerme mal y que le duele más. A veces no sabés qué empezó primero, pero está claro que mirar el reloj biológico y la higiene del sueño cambia la conversación.”Fernando Salvat, neurólogo consultado por este portal
Cuidar el descanso como parte del tratamiento
Especialistas en cefaleas y medicina del sueño consultados coinciden en que la pesquisa abre una puerta concreta: preguntar cuánto tarda alguien en dormirse, cuántas veces se despierta y cómo se siente durante el día puede aportar pistas valiosas sobre cómo se convive con la migraña. Las guías internacionales ya recomiendan trabajar sobre los hábitos de sueño como parte del enfoque integral, aunque todavía no hay ensayos clínicos grandes que demuestren que hacerlo reduce la frecuencia de los ataques. Mientras tanto, en la práctica, los equipos suman libretas de sueño, revisan pantallas, horarios y consumo de cafeína, y articulan con psiquiatras cuando aparece ansiedad como factor que pesa en la balanza.
Antes de despedirnos, Laura me mira la taza ya vacía y cuenta que, por insistencia de su hija, empezó a anotar las horas en que se acuesta y en que se levanta. No descubrió nada mágico, pero dice que ahora sabe que sus peores crisis llegaron después de noches en las que apenas rozó la almohada. Afuera, la brisa del río cambió de dirección y empieza a refrescar. Es apenas un dato de un cuaderno, pero para quien vive con migraña puede ser el primer paso para entender un dolor que no se conforma con una pastilla. Marta Villalba, Sociedad.
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