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Viernes, 16 de octubre de 2026
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El cerebro de una mosca que clasifica mails y juega al Doom: lo que se sabe y lo que todavía no

Un mapa digital con 166 mil neuronas de Drosophilaallowitio permite experimentar con correos, videojuegos y hasta decisiones financieras. Los resultados son promisorios pero todavía no le ganan a una red neuronal hecha a medida.

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Pablo GorositoTecnología · · 5 min de lectura
El cerebro de una mosca que clasifica mails y juega al Doom: lo que se sabe y lo que todavía no

¿Te imaginás que el sistema nervioso de una mosca de la fruta pueda clasificar correos electrónicos y manejar un videojuego como Doom? Suena a delirio de laboratorio, pero pasó. Lo aclaro de entrada: no estamos ante una supercomputadora con cerebro de insecto ni ante una inteligencia artificial todopoderosa. Estamos ante un experimento curioso que sirve más para entender cómo funciona el cableado biológico que para reemplazar a cualquier algoritmo que ya tengas en el celular.

La reconstrucción se llama MaleCNS v1.0 y fue presentada por equipos de Google Research, el Janelia Research Campus del Instituto Médico Howard Hughes, Harvard y Princeton. El paquete incluye más de 166.000 neuronas, unos 125 millones de conexiones y alrededor de 11.700 tipos celulares. Para dimensionarlo con un ejemplo de tranquera: si cada neurona fuera una vaca en un campo argentino, estaríamos hablando de un establecimiento bastante grande, con un rodeo casi tan diverso como el censo de un pueblo chico.

¿Qué tiene de especial un cerebro de mosca digitalizado?

Lo primero que conviene aclarar es qué es el conectoma, o sea el mapa que muestra cómo se conecta cada neurona con sus vecinas. En criollo: es el plano eléctrico completo del cerebro, pero en este caso no de un humano ni de un ratón, sino de una mosca de la fruta Drosophila melanogaster. MaleCNS v1.0 no se queda en la cabecita: también incluye el cordón nervioso ventral, que vendría a ser el equivalente del cableado que va del cerebro a la médula espinal en los animales más grandes. Esto permite estudiar el camino completo entre lo que la mosca "ve" y lo que termina haciendo con el cuerpo.

El nivel de detalle es obsesivo. Para armar el mapa los investigadores cortaron el sistema nervioso en lonjas finísimas, las fotografiaron con microscopía electrónica y después reconstruyeron cada neurona a mano, o mejor dicho, con algoritmos entrenados durante años. El resultado es una pieza de biología digital que todavía no existe para ningún mamífero completo y que, aun así, representa apenas un insecto.

¿Cómo se usa un cerebro de mosca para jugar al Doom?

Acá entra la parte más jugosa del asunto. El ingeniero Alex Wormuth enchufó este conectoma a Doom, el clásico de los videojuegos de disparos. Lo que hizo fue traducir los píxeles de la pantalla en señales para las neuronas sensoriales simuladas, básicamente transformar la imagen del juego en estímulos visuales que la red biológica entiende. El brillo, el color y el movimiento circulan por el cableado de la mosca y salen como instrucciones de control para mover al personaje.

El sistema incluso tiene un rudimento de aprendizaje: cuando el personaje recibe daño pero no muere, se activan células dopaminérgicas, que en la mosca cumplen el mismo rol que en nosotros: reforzar o castigar conductas. Es el viejo truco de la dopamina, que en el cerebro humano asociamos con el placer y la motivación, aplicado al demonio espacial del Doom.

¿Y los mails? ¿Y las criptomonedas?

La prueba más concreta del paper fue clasificar correos electrónicos. En criollo: decidir si un mensaje cae en una carpeta o en otra. La simulación con el cerebro de mosca llegó a cerca del 80 por ciento de la precisión de una pequeña red neuronal artificial diseñada para esa misma tarea. Atención con el número: ese 80 por ciento no significa que acertó el 80 por ciento de los mails, sino que rindió el 80 por ciento de lo que rinde una IA convencional. Es decir, anduvo bien, pero no le ganó ni de cerca a un sistema a medida.

El mismo Wormuth llevó la idea a Stonkfly, un proyecto que usa gráficos financieros para decidir si comprar o vender criptomonedas dentro de una cartera virtual. Cuando la operación termina con ganancia, se activa una señal asociada a 15 células; cuando hay pérdida, se estimulan otras dos vinculadas con respuestas aversivas. Otra vez dopamina: premio si ganás, castigo si perdés. El paper aclara que se trata de un experimento y no aporta datos suficientes para tomarlo como una herramienta de inversión seria. Está bien que lo diga, porque más de uno podría leer el título y largarse a confiarle la plata al cerebro de una mosca.

Otros desarrolladores también probaron cosas. Hubo intentos con Super Mario 64, con Beat Saber, con salas de escape virtuales e incluso con generación de tipografías. Todos estos usos comparten un paso extra: hay que agregar una simulación encima del conectoma para que la red biológica pueda interactuar con el mundo exterior. El cableado solo no alcanza; hace falta un traductor.

¿Sirve para algo más que para un paper?

Por ahora, el balance es modesto. Los autores son honestos: las simulaciones con MaleCNS suelen ser más lentas y menos precisas que las redes neuronales artificiales diseñadas a medida para cada tarea. En criollo: es más lindo, más inspirador biológicamente, pero no le gana en la práctica a lo que ya tenés en el teléfono. Igual, el valor está en otro lado: en entender cómo un sistema nervioso real procesa información, algo que ningún modelo a mano logra reproducir con este nivel de detalle biológico.

Mientras tanto, la señal sigue sin llegar. Todavía no hay un cerebro de mamífero completo digitalizado con esta precisión, y la mosca, con sus 166.000 neuronas, sigue siendo el techo de la ambición. Habrá que ver si el próximo salto es una abeja, un ratón o, mucho más adelante, un pedacito de primate. Por ahora, lo que tenemos es una mosca que juega al Doom, clasifica correos y se emociona con criptomonedas. No está mal para un insecto.

PG
Pablo GorositoTecnología

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