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Viernes, 16 de octubre de 2026
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El parador neuquino que no cierra: del abrigo del invierno a un plan para volver a empezar

Después de dos meses recibiendo hasta 120 personas por noche, el refugio de la ciudad cambia de fisonomía con la primavera: deja de ser un parador puramente nocturno y se convierte en un dispositivo por etapas que apunta a la reinserción laboral y familiar. La experiencia de Ciudad Oculta sirvió como espejo.

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Marta VillalbaSociedad · · 4 min de lectura
El parador neuquino que no cierra: del abrigo del invierno a un plan para volver a empezar

Lo que arrancó como un parador para aguantar las noches más crudas del invierno en Neuquén ya tiene otra fisonomía. Esta mañana, con el termómetro marcando otra vez los 15 grados y un viento tibio que ya empieza a traer aromas de primavera, en la puerta del dispositivo sobre calle Rodríguez Peña todavía hay un movimiento que sorprende a quienes pasan caminando hacia el Hospital Bouquet Roldán. Bolsos, frazadas enrolladas, changarines que acomodan colchones. La rutina, que se repite desde hace exactamente dos meses, recién empieza a mutar: el refugio no va a cerrar cuando se acaben los fríos, sino que se va a transformar en otra cosa.

Porque los números cierran por sí solos. En sesenta días de funcionamiento, el parador nocturno atendió a 400 personas distintas y sostuvo un promedio de 100 asistentes cada noche, con picos que tocaron las 120 plazas ocupadas. El 92 por ciento de quienes pasaron por allí son varones y, contra lo que muchas veces se piensa, el 81 por ciento tiene domicilio registrado en la propia ciudad de Neuquén, según el cruce de datos que hicieron los equipos técnicos con el Registro Nacional de las Personas. No es, como se escucha a veces en las mesas de café, una avalancha de gente llegada de otras provincias: es, en buena medida, gente que perdió su casa en el mismo lugar donde sigue viviendo en la calle.

Un dispositivo que sube la vara: del abrigo al laburo y la familia

Quien mejor lo explica es Carlos, un vecino del barrio San Lorenzo que los conoce a casi todos porque fue uno de los voluntarios estables del primer tramo. Lo veo acomodando unas mochilas y me dice, mientras acomoda una pava eléctrica sobre una mesada todavía improvisada, que el cambio se siente en el aire. Acá arrancamos cobijando a la gente en lo peor del año, pero ahora se viene otra etapa, me cuenta, con la convicción de alguien que vio entrar y salir a decenas de personas en pleno julio. La idea es que nadie se quede solo en la emergencia: que cada uno pueda pasar, si quiere y puede, de la mera supervivencia a pensar en un alquiler, en un trabajo o en reencontrarse con la familia que quedó afuera.

  • El primer nivel, de bajo umbral, sigue recibiendo a las personas tal como llegan, sin requisitos ni condiciones previas, manteniendo el espíritu original del parador.
  • Un segundo nivel, de mediano umbral, está pensado para quienes logran estabilizarse y empiezan a aceitar rutinas: mayor permanencia, mayor acompañamiento de equipos profesionales.
  • El nivel más alto apunta a la salida concreta: acompañamiento para conseguir empleo, apoyo para acceder a un alquiler y trabajo articulado con familias que, en muchos casos, siguen esperando.
  • Como punto logístico, el traslado nocturno pasará a concentrarse en un tráiler instalado al lado del Hospital Bouquet Roldán, donde cada persona podrá dejar sus pertenencias antes de subir al refugio.

Lo que se viene, además, es una red que hasta ahora funcionaba de manera más aislada. Los profesionales que ya pasaban por el parador -residentes de medicina general, odontólogos, podólogos que atienden todos los miércoles, psicólogos con entrevistas individuales- van a empezar a juntarse más seguido en grupos terapéuticos, con presencia directa del Ministerio de Salud de la provincia. A la par, se trabaja de manera coordinada con otros refugios de mediano umbral que ya funcionan en distintos puntos de la ciudad, de modo que nadie tenga que saltar de un lugar a otro cuando lo que necesita es justamente lo contrario: un mismo techo que lo acompañe mientras se recompone.

El modelo, aclaran los organizadores, no nació de una ocurrencia de escritorio sino de una visita de trabajo de dos días a Ciudad Oculta, en el área metropolitana de Buenos Aires, donde organizaciones con años de experiencia en este tipo de dispositivos mostraron cómo se hace el recorrido desde la primera noche en la calle hasta un proceso sostenido de reinserción. Esa experiencia es la que ahora se intenta adaptar a la realidad neuquina, con sus particularidades -el frío seco de la estepa, las distancias largas, las redes familiares más dispersas- y con una convicción de base: la emergencia se atiende, pero no se cronifica.

El funcionamiento sigue siendo voluntario. Las personas que viven en situación de calle se acercan hasta la Catedral María Auxiliadora y desde ahí son trasladadas al refugio, aunque muchos, ya más activos, empiezan a movilizarse por sus propios medios. Dentro del espacio rigen reglas de convivencia cuyo cumplimiento es condición para seguir ocupando una plaza, un detalle que parece menor pero que cambia el día a día: no se trata de un aguantadero pasivo, sino de un lugar donde se vuelve a aprender a vivir con otros.

Antes de irme, vuelvo a cruzarme con Carlos en la vereda. El viento mueve las hojas de los árboles de la plaza y él me mira con esa mezcla de cansancio y pertenencia que se les instala a los voluntarios que se prenden de verdad. Esto recién empieza, me dice, mientras acomoda una silla plegable que todavía tiene la etiqueta. Hay gente en la calle que todavía no se acerca, que no se anima, que no sabe que la puerta está abierta. Esa, dice señalando hacia el fondo, es la cuenta pendiente que ahora arranca.

MV
Marta VillalbaSociedad

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