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Viernes, 16 de octubre de 2026
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El silencio del cuerpo después del esfuerzo: qué pasa entre el gimnasio y la cama

Una especialista británica desmenuza los mecanismos invisibles que explican por qué una hora después de entrenar las piernas pesan, la cabeza se nubla y hasta el ánimo cambia; y repasa las claves concretas para volver antes al ritmo habitual, sin caer en soluciones mágicas.

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Marta VillalbaSociedad · · 5 min de lectura
El silencio del cuerpo después del esfuerzo: qué pasa entre el gimnasio y la cama

Son las siete de la tarde de un martes y en el barrio porteño de Villa Urquiza el aire todavía arrastra algo de calor húmedo, esa mezcla que se pega a la piel y que obliga a caminar despacio. En el bar de la esquina, Miriam, vecina de toda la vida, se deja caer en la silla con las manos todavía temblorosas y pide un vaso grande de agua con hielo. Acaba de salir del gimnasio, o más bien de sobrevivir a su propia clase de funcional. No es la primera vez que siente que el cuerpo le pesa como si llevara bolsas de arena en los tobillos, pero cada vez que termina la rutina vuelve a preguntarse lo mismo: qué le pasa por dentro, por qué la cabeza le pide parar aunque ya dejó de moverse hace cuarenta minutos. Esa pregunta, tan cotidiana como inevitable, tiene respuestas mucho más minuciosas de lo que parece.

Tres procesos que se activan en simultáneo

La investigadora Athalie Redwood-Brown, profesora de análisis del rendimiento deportivo en la Universidad de Nottingham Trent, se ocupa precisamente de desmenuzar ese instante en que el cuerpo parece reclamar el esfuerzo realizado. En diálogo con distintos medios, explicó que la fatiga posterior al ejercicio no es un fenómeno único ni lineal sino el resultado de al menos tres procesos que ocurren al mismo tiempo y se influyen entre sí: cambios dentro del tejido muscular, alteraciones en el sistema nervioso y variaciones en las reservas de energía disponibles. Entender cada uno por separado ayuda a entender también por qué a veces alcanza con estirar, otras veces con dormir una siesta y otras veces no hay manera de zafar de la sensación de piernas vacías durante un día entero.

Dentro del músculo, el movimiento depende de partículas con carga eléctrica que activan la contracción. El ejercicio intenso altera ese equilibrio iónico, lo que puede reducir la capacidad del tejido para responder con la misma eficacia. De ahí esa sensación tan gráfica que muchos describen como tener los músculos vacíos, como si la maquinaria interna se hubiera quedado sin cuerda. A eso se suma la llamada fatiga central: el cerebro y la médula espinal son los encargados de enviar las señales que ordenan la contracción muscular, y ante esfuerzos elevados esa activación puede disminuir de forma transitoria. El problema, en esos casos, no está únicamente en el músculo sino en la dificultad temporal para reclutarlo con la misma intensidad. La orden llega, pero llega más floja.

El combustible también juega su partido. Los músculos utilizan carbohidratos almacenados como fuente de energía, y después de una sesión prolongada esas reservas bajan de manera notable. La transpiración, mientras tanto, genera pérdida de agua y electrolitos como el sodio, que son claves para el funcionamiento normal de músculos y nervios. Si esa pérdida no se repone, el rendimiento empeora y el esfuerzo se percibe como más difícil de lo que realmente es. Por eso muchos entrenadores insisten, casi como un mantra, en hidratarse bien antes, durante y después de la actividad.

No es lo mismo estar cansado que tener DOMS

Redwood-Brown además marcó una distinción clave que suele quedar afuera de la conversación cotidiana: la fatiga inmediata no es lo mismo que el dolor muscular de aparición tardía, conocido por sus siglas en inglés como DOMS. Ese malestar específico suele aparecer después de movimientos poco habituales o al retomar la actividad tras un período de inactividad, y se asocia en particular con el trabajo excéntrico, es decir, cuando el músculo genera fuerza mientras se alarga, como al bajar lentamente una pesa o al controlar la bajada en una sentadilla. Es el clásico dolor que aparece al día siguiente y que a veces se siente más fuerte cuarenta y ocho horas después de la sesión que en el momento mismo del entrenamiento.

La especialista también advirtió que esta clase de fatiga y de dolor no distingue niveles de experiencia. Un corredor con años de entrenamiento que hace por primera vez una sesión intensa de fuerza puede quedar tan resentido como alguien que recién comienza, justamente porque el cuerpo reacciona ante lo que le resulta nuevo o inhabitual más que ante el estado de forma previo. Lo que sí cambia con el tiempo es que el organismo tiende a recuperarse mejor y a montar respuestas inflamatorias y de reparación más eficientes, algo que no equivale a decir que el esfuerzo deje de sentirse.

  • Rehidratación inmediata: reponer agua y electrolitos, sobre todo sodio, dentro de la primera hora posterior al esfuerzo, cuando la pérdida por transpiración todavía puede medirse con precisión.
  • Alimentación con carbohidratos y proteínas en la ventana posterior al entrenamiento, para restablecer las reservas de glucógeno y aportar aminoácidos que el músculo necesita para reparar microdesgarros.
  • Sueño de calidad: es durante el descanso profundo cuando el cuerpo completa buena parte de los procesos de reparación muscular y de consolidación del sistema nervioso.
  • Moverse suave al día siguiente, con caminatas o movilidad articular, en lugar de quedarse completamente quieto, para favorecer el retorno venoso y reducir la rigidez.
  • Planificar la progresión: evitar saltar de cero a sesiones muy intensas, ya que el cuerpo responde mejor cuando el aumento de carga es gradual.

Miriam termina su vaso de agua, se seca la frente con el dorso de la mano y mira por la ventana del bar cómo el aire de Villa Urquiza empieza a moverse apenas, como si la noche también decidiera estirar los músculos después del calor del día. Afuera, la ciudad sigue su ritmo, pero dentro de su cuerpo todavía late, durante un rato largo, la huella invisible de la exigencia que se impuso hace una hora. Esa huella, que la ciencia describe con nombres técnicos como fatiga central, depleción de glucógeno o DOMS, no es un enemigo a eliminar sino una señal de que el cuerpo trabaja, se adapta y, sobre todo, necesita tiempo, agua, comida y descanso para volver a estar entero. Entenderlo, dicen los especialistas, es la primera manera de entrenarse de verdad.

MV
Marta VillalbaSociedad

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