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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Hot Wheels Infinite Rush: cuando la maqueta del living se convierte en un mundo entero para acelerar

Milestone sacudió la fórmula clásica de los autitos a escala y la llevó a un mapa sin vallas, con cuatro islas, más de 150 modelos coleccionables y un entorno que se rompe al menor golpe. Una propuesta arcade, despareja en lo narrativo, pero ideal para quienes solo quieren acelerar sin que nadie les marque el camino.

LB
Lorena BergamascoCultura y espectáculos · · 4 min de lectura
Hot Wheels Infinite Rush: cuando la maqueta del living se convierte en un mundo entero para acelerar

Acomodate en la silla, porque lo que te voy a contar me dejó con la misma sonrisa con la que de chico desarmaba una pista de Hot Wheels en el piso del living y juntaba las piezas rotas para inventar un trazado nuevo. Esa sensación, esa de mezclar imaginación, velocidad y un poquito de caos, es la que acaba de rescatar Milestone con Hot Wheels Infinite Rush, un juego que toma los autitos de juguete y los planta en un mundo abierto de cuatro grandes islas donde, por una vez, no hay un circuito cerrado que te obligue a dar otra vuelta y otra y otra. La propuesta, pensada para jugarse en sesiones cortas o maratones de finde, se aleja del esquema clásico de las pistas tubulares y le devuelve al jugador la libertad de perderse, chocar, romper cosas y acelerar a fondo sin que nadie le marque el ritmo.

Cuatro islas para perderse y romper todo a escala

El mapa se reparte en Wheelswood, una ciudad con rascacielos y tránsito de mentirita; Tentacle Bay, una costa con ecosistemas bien variados; Gearville, una zona industrial metida entre naves y dunas de desierto; y Drifty Temples, una región de inspiración oriental con caminos de montaña que parecen pintados para que el derrape sea una religión. Cada isla se siente como una enorme maqueta interactiva, con árboles, columnas de luz y hasta vehículos civiles que reaccionan al menor golpe. Eso, te lo digo en primera persona, es una de las cosas más lindas del juego: chocar y ver cómo se cae un semáforo, cómo se desplaza un guardarraíl, cómo el mundo te devuelve el impacto que vos le metés.

Ahora bien, no todo es color de rosa. El juego no tiene campaña argumental, ni un hilo conductor, ni un personaje que te explique qué estás haciendo en cada isla. Las primeras horas esa falta de estructura se disfruta como aire fresco, pero a medida que avanzan las horas la cosa puede empezar a sentirse un poco vacía, como si te hubieran dado un parque enorme sin atracciones nuevas cada vez que doblás una esquina.

Cuatro estilos de manejo y un garage de colección

Donde la propuesta se luce de verdad es en la conducción, dividida en cuatro categorías con comportamientos bien diferenciados: los bólidos, que privilegian la velocidad pura y recargan turbo manteniendo la aceleración; los derrapadores, que acumulan nitro cuando tomás curvas cerradas en plena maniobra lateral; los equilibrados, que generan energía con casi cualquier movimiento del autito; y los Titanes, los todoterreno pensados para superficies irregulares y con recarga automática. El cambio entre categorías es instantáneo, sin pausas ni pantallas de carga, lo que te permite ir adaptando el coche a cada terreno sin perder ritmo.

  • Más de 150 vehículos coleccionables, con prototipos originales de la marca y licencias de fabricantes reales.
  • Fichas históricas con la historia de cada modelo para los que gustan de leer mientras coleccionan.
  • Editor de pintura, rines e interiores para personalizar cada unidad a gusto.
  • Modos multijugador competitivos con ranking, cooperativos y casuales.
  • Editor de pistas personalizadas para armar el propio circuito y compartirlo.

En el plano técnico, el juego se banca unos estables 60 fotogramas por segundo, algo clave en un arcade donde cada milésima cuenta, aunque hay detalles que empañan un poco el cuadro: algunas texturas tardan en cargar cuando recorrés el mapa a toda velocidad y los tiempos de espera tras completar un evento y reaparecer en la isla rondan el minuto, lo suficiente como para que te dé tiempo a ir a buscar agua a la cocina. El sonido, en cambio, es un golazo: el impacto metálico y plástico de los choques, el chillido de los neumáticos en el derrape, todo suena como si efectivamente estuvieras volcando una caja de autitos sobre una mesa grande.

Un veredicto a la altura de la pista

Mirando todo en conjunto, y siendo honesta como creo que tengo que ser con quien lee esta nota, Hot Wheels Infinite Rush no es un juego perfecto ni lo pretende. Le falta narrativa, le faltan algunos centímetros de pulido técnico, y a ratos la exploración se queda sin sorpresas nuevas. Pero tiene algo que para mí vale muchísimo y que, sospecho, vale también para cualquiera que haya tenido una pista de Hot Wheels en la infancia: devuelve esa sensación de libertad, de caos divertido, de maqueta viva donde todo puede romperse y volver a armarse. Si te copa la marca, si querés un arcade de velocidad sin vueltas ni complicaciones, o si simplemente tenés ganas de pasar un rato acelerando por cuatro islas con una sonrisa de oreja a oreja, este juego te está esperando. Y a mí, te lo confieso, ya me tiene ganada.

LB
Lorena BergamascoCultura y espectáculos

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