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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Jaime Lorente cruza la cámara y se pierde en el camino fácil del thriller

"El mal hijo", la ópera prima del actor español, empieza como un drama familiar cálido y auténtico ambientado en Murcia, pero un salto temporal la empuja hacia el narcotráfico y el cine negro más convencional. La promesa de su arranque se diluye en la segunda mitad y deja una película correcta que no termina de encontrar su propia voz.

LB
Lorena BergamascoCultura y espectáculos · · 4 min de lectura
Jaime Lorente cruza la cámara y se pierde en el camino fácil del thriller

Hay una escena en los primeros minutos de "El mal hijo" que se queda pegada en la retina: un niño mira una ceremonia por una puerta entreabierta, sin entender del todo lo que ve, mientras la luz del atardecer murciano entra apenas por la rendija. Es una imagen pequeña, sin estridencias, y precisamente por eso funciona. Me parece que arranca la película con la misma sensibilidad con la que Lorente solía mirar a cámara como actor, pero ahora del otro lado, decidiendo qué mostrar y qué dejar fuera de cuadro. Y durante un rato largo, uno como espectador se deja llevar con gusto por ese pulso.

El arranque de la película cuenta algo concreto y reconocible: un chico, Rubén, que crece sin padre, que termina al cuidado de su abuela y que arma con ella un vínculo hecho de silencios, de cenas compartidas y de tardes en un barrio que parece detenido en el tiempo. La infancia está filmada con una mezcla de observación y cariño que evita los clichés del nene-problema y de la-abuela-sabia. Hay ahí un material genuino, de raíz autobiográfica o por lo menos muy personal, que se nota en los detalles: cómo habla la gente, cómo se acomoda en los sillones, qué se dicen cuando nadie mira.

Un salto temporal que cambia el tono

El problema aparece cuando la historia decide crecer con su protagonista. Rubén deja de ser un niño y se convierte en un adulto metido en algo que la película tarda en explicarnos del todo: un mundo de dinero negro, de mafias de pueblo y de persecuciones que se sienten traídas de otro guion. Ese cambio de registro no es en sí mismo un error —muchos dramas familiares se permiten mutar de género cuando los protagonistas crecen—, pero acá el viraje es tan brusco que lo que se ganó en los primeros cuarenta minutos se va perdiendo de a poco.

Lo que era intimidad se vuelve acción. Lo que era silencio se vuelve ruido. Lo que era una Murcia reconocible, con sus veredas angostas y sus vecinos que se cruzan a cualquier hora, se convierte en un decorado genérico para un thriller de narcotráfico que ya vimos decenas de veces. Y acá, claro, aparece una pregunta incómoda: hasta qué punto conviene que un director debutante se juegue sus primeras fichas en un terreno tan trillado como el cine de mafias y drogas, cuando lo más interesante que tenía para contar estaba en la otra punta.

  • A favor: el primer tramo convence por su retrato de la infancia y el vínculo con la abuela, con escenas genuinas y una mirada propia.
  • En contra: el salto a la adultez arrastra la historia hacia un thriller de mafias y drogas que ya recorrieron muchos otros filmes con mayor convicción.
  • A favor: la composición de algunos planos y el trabajo del elenco muestran un director con oído para los silencios.
  • En contra: los personajes secundarios quedan reducidos a figuras de género, sin el espesor que el primer tramo sí les daba a los niños.
  • A favor: no defrauda de manera estrepitosa, hay honestidad detrás de la cámara.
  • En contra: la distancia entre lo que prometía y lo que entrega se siente como una oportunidad perdida.

Una ópera prima con dos películas dentro

Si uno mira "El mal hijo" como dos películas pegadas, la primera se banca sola y hasta emociona. La segunda, no. La calidez de la abuela y del barrio se evapora cuando entran los tratos, los autos sospechosos y los hombres de chaleco. Y lo que antes eran decisiones de puesta en escena —esa puerta entreabierta, esa charla de chicos al anochecer— se transforma en recursos ya conocidos del género: persecuciones, reuniones en galpones, revelaciones que llegan con música alta.

Hay algo que quiero decir como espectadora, y es que no me parece mal que un actor conocido cruce la cámara. Al contrario: el cine necesita de esos saltos, porque suelen traer miradas frescas y cierto aire de riesgo. Pero sí me parece un desperdicio que Lorente haya elegido para su debut un terreno donde cuesta tanto diferenciarse, cuando tenía en la suya propia, la del afecto y la familia, una materia prima que se nota mucho más auténtica. Uno termina la película con la sensación de que al director le faltó confiar en esa primera voz y se dejó tentar por la espectacularidad de la segunda.

"El mal hijo" no es un fracaso, y sería injusto tratarlo como tal. Hay un elenco que responde, hay escenas del primer tramo que se recuerdan, y hay una voluntad de contar algo sobre los padres que no están y los hijos que aprenden a arreglarse solos. Pero también es una película a la que le sobra media hora de thriller y le falta una vuelta de rosca sobre esos personajes que apenas se esbozan. Queda, entonces, como una ópera prima correcta, con destellos, pero también con la marca de quien todavía está aprendiendo a decidir qué historia quiere contar cuando la primera se le agota.

LB
Lorena BergamascoCultura y espectáculos

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