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Viernes, 16 de octubre de 2026
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La mesa como aliada contra el cansancio que no se va con el sueño: qué dice la evidencia sobre inflamación y energía

Frutas, verduras de hoja verde, legumbres, pescado y aceite de oliva forman el patrón alimentario que más respaldo acumula para moderar la inflamación crónica, un proceso silencioso al que se le atribuyen parte del agotamiento persistente, la diabetes, la artritis y los problemas cardiovasculares.

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Marta VillalbaSociedad · · 4 min de lectura
La mesa como aliada contra el cansancio que no se va con el sueño: qué dice la evidencia sobre inflamación y energía

Son las siete de la mañana en un barrio del conurbano bonaerense y el aire todavía trae algo de fresco, ese viento tibio que suele colarse por las ventanas abiertas en noviembre. En la cocina de una casa de planta baja, Laura, vecina de San Isidro, sirve dos tazas de té y se sirve a sí misma un plato con frutas, unas semillas y un trozo de pan integral. Me mira y, antes de que le pregunte nada, dice algo que se repite en las consultas de medio mundo: hace meses que duerme ocho horas y se levanta igual de cansada. Esa fatiga que no se resuelve con reposo es la puerta de entrada para entender por qué la alimentación aparece cada vez con más fuerza en las conversaciones sobre inflamación crónica, un proceso que el sistema inmunitario sostiene en el tiempo y al que se vinculan la diabetes, la artritis y las enfermedades cardiovasculares.

La inflamación, en su versión aguda, es una aliada del cuerpo: aparece cuando nos cortamos, cuando tenemos una infección y cumple una función reparadora. El problema empieza cuando se cronifica y queda encendida sin motivo claro. Ahí se la relaciona con el cansancio persistente, con dolores articulares y con un riesgo cardiovascular que crece en silencio. Tres centros de referencia mundial —la Escuela de Medicina de Harvard, la Clínica Mayo y la Clínica Cleveland— coinciden en que existe un patrón alimentario que reúne la mayor cantidad de evidencia para moderar ese estado: verduras de hoja verde, frutas de colores intensos, legumbres, nueces, semillas, aceite de oliva, pescados grasos y granos enteros. Lo interesante es que ninguno de esos alimentos actúa como una bala mágica: el peso está en el conjunto.

Por qué ese patrón y no una superfruta

Los alimentos que aparecen una y otra vez en las revisiones científicas comparten tres rasgos: aportan antioxidantes, suman polifenoles —esos compuestos vegetales presentes en frutas, té, cacao y aceite de oliva extra virgen— y ofrecen fibra dietaria que alimenta a las bacterias intestinales beneficiosas. A eso se suman las grasas no saturadas de los frutos secos, las semillas y el pescado, que también forman parte de la estructura. Cuando esa combinación se repite día tras día, el cuerpo recibe menos señales proinflamatorias y más señales reguladoras. La clave, insisten los investigadores, está en mirar la dieta completa antes que cualquier nutriente aislado.

“Los resultados son más consistentes cuando se evalúa la dieta completa que cuando se aísla un solo nutriente en dosis altas.”Revisión publicada en la revista Nutrients
  • Frutas y verduras de colores intensos: antioxidantes y polifenoles que modulan la respuesta inmune.
  • Verduras de hoja verde: aportan magnesio, folato y fibra con bajo aporte calórico.
  • Legumbres y granos enteros: fibra que nutre la microbiota intestinal y estabiliza la glucosa.
  • Pescados grasos: fuente directa de omega 3, asociado a menor inflamación.
  • Frutos secos y semillas: grasas no saturadas, magnesio y compuestos antiinflamatorios.
  • Aceite de oliva extra virgen: polifenoles y grasas monoinsaturadas, base de patrones como el mediterráneo.

Del otro lado del esquema aparecen los protagonistas incómodos: carbohidratos refinados, bebidas azucaradas, carnes rojas y procesadas, frituras y ultraprocesados. Varios estudios los asocian con mayor carga inflamatoria. Reducir azúcares añadidos, sodio y grasas saturadas no es una cuestión moral ni estética: integra la misma lógica que sostiene al patrón protector. La Clínica Cleveland advierte además que los cambios bruscos rara vez se sostienen y propone un plazo de tres a seis meses para incorporar hábitos de forma gradual. El primer paso, sugieren, es identificar los ultraprocesados y los azúcares añadidos que ya forman parte del consumo cotidiano y empezar a reemplazarlos uno por uno, sin.

Vuelvo a la cocina de Laura, en San Isidro, donde ya se escuchan los primeros ruidos del barrio, el colectivo que dobla en la esquina y el perro del vecino que ladra sin apuro. Ella me cuenta que empezó hace poco a cambiar el desayuno, sumada semillas y dejando las facturas para los domingos, una concesión que la mantiene contenta. No habla de milagros ni de dietas exprés; habla de una fatiga que sigue ahí pero que, dice, se siente un poco menos densa. La ciencia todavía es prudente con el vínculo directo entre comida y cansancio —una revisión en la revista Nutrients que reunió 21 ensayos clínicos encontró mejoras en síntomas de fatiga asociados a enfermedad, pero aclaró que la evidencia es preliminar y desigual—. Lo que sí sostiene con firmeza es que un patrón alimentario rico en vegetales, frutas, legumbres, pescado y aceite de oliva ayuda a moderar la inflamación crónica, y que eso, con el tiempo, puede hacerle un lugar distinto al cansancio. La promesa no es instantánea, pero la dirección parece clara.

MV
Marta VillalbaSociedad

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