La panza que no se va: por qué el abdomen se resiste aun cuando uno se esfuerza con la dieta y el gimnasio
La grasa abdominal no responde a los esfuerzos puntuales ni a los abdominales: depende de una combinación de genética, hormonas, movimiento, alimentación y descanso que recién muestra resultados cuando se sostiene en el tiempo.

Son las siete de la mañana en un barrio cualquiera de La Plata y el aire todavía trae esa frescura húmeda que anticipa el calor de la primavera. En la plaza, María, vecina de Tolosa, termina su caminata de siempre y se seca la frente mientras se acomoda la remera. "Hago todo lo que me dicen -me cuenta, todavía con algo de aire entrecortado-: camino casi todos los días, miro lo que como, me controlo con el azúcar, y sin embargo la panza no afloja como yo esperaba". La escena se repite, con distintos rostros y distintos pueblos, en cada consulta médica, en cada grupo de WhatsApp de amigos, en cada sobremesa de domingo: alguien que se esfuerza y, aun así, no nota cambios visibles en la zona media.
Lo que María describe no es un fracaso personal ni una excepción: es un dato fisiológico que la evidencia viene ratificando hace años. El organismo no decide, por propia voluntad, de qué zona del cuerpo toma la grasa que necesita como energía. Cuando hay un déficit calórico, el cuerpo recurre a sus reservas de manera general, y el orden en que las utiliza está marcado por la genética, la edad y el patrón hormonal de cada persona. Por eso puede haber firmeza en los músculos abdominales y, al mismo tiempo, un volumen que se mantiene casi sin variantes.
Lo que pasa debajo de la piel
En el abdomen conviven dos tipos de tejido adiposo que conviene distinguir, porque no se comportan igual ni implican los mismos riesgos. Está la grasa subcutánea, la que está justo debajo de la piel y se nota al pellizcarse, y está la grasa visceral, más profunda, que envuelve órganos como el hígado, el páncreas y los intestinos. Esta segunda, la visceral, es la que más preocupa a los especialistas, porque se asocia de manera directa con un mayor riesgo cardiovascular y con alteraciones metabólicas como la resistencia a la insulina. La cantidad de una y de otra varía de persona a persona y depende, en gran medida, de factores que no se eligen: la carga genética, la edad -tender a acumular más visceral es más frecuente a partir de los 40 y los 50 años- y los cambios hormonales que atraviesan la adultez.
Los ejercicios localizados, tan populares en rutinas hogareñas y en videos de redes, cumplen un rol: fortalecen la musculatura, mejoran la postura y dan una sensación de tonicidad. Lo que no hacen, y aquí está el punto, es determinar de qué parte del cuerpo se pierde grasa. Por eso es perfectamente posible que alguien gane firmeza en la zona media y, sin embargo, no vea reducirse el volumen. Dos personas pueden entrenar con la misma constancia y comer de forma parecida, y aun así registrar cambios muy distintos en el abdomen, simplemente porque sus cuerpos distribuyen y movilizan la grasa de manera diferente.
Dormir mal también engorda la panza
Hay un tercer actor al que casi nunca se le da el lugar que merece: el sueño. Un estudio de Mayo Clinic encontró que restringir las horas de descanso se asoció con un aumento del 9 por ciento en el área adiposa total del abdomen y del 11 por ciento en la grasa visceral, comparado con condiciones controladas. Es decir: dormir poco no solo cansa, también modifica la composición corporal. A esto se suma que el sueño corto altera los mecanismos que regulan el hambre y la saciedad -la grelina, la leptina y otras señales hormonales quedan descompensadas-, lo que vuelve mucho más difícil sostener cualquier estrategia alimentaria en el tiempo. Es un círculo: se duerme mal, se come peor, se acumula más grasa abdominal, se descansa peor.
“Mejorar la dieta y moverse más, al mismo tiempo, se asocia con menos grasa visceral: el grupo con mayores mejoras conjuntas presentó 149 gramos menos al final del seguimiento.”Estudio publicado en JAMA Network Open, con más de 7.000 adultos durante 7,2 años
Entonces, qué hacer (y qué dejar de esperar)
Vuelvo a María, en la plaza de Tolosa, con el sol ya entrando de lleno y una brisa tibia que mueve las hojas de los jacarandás. Antes de irse, me mira y se permite una sonrisa: "Entonces no es que yo esté haciendo las cosas mal". No, María: es que la panza no se rinde por voluntad, sino por un proceso más lento y más amplio, donde la genética, las hormonas, el movimiento, la mesa y la almohada tiran para el mismo lado. Cuando se alinean -y se sostienen en el tiempo-, el abdomen empieza, por fin, a ceder.
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