La pequeña fruta morada que ayuda a bajar la presión: por qué los arándanos se ganaron un lugar en la mesa de los argentinos
Investigaciones recientes en nutrición y salud metabólica revelan que una taza diaria de arándanos, frescos o congelados, actúa sobre varios mecanismos del sistema cardiovascular y resulta especialmente beneficiosa para quienes conviven con hipertensión, resistencia a la insulina o riesgo cardíaco.

El martes a la mañana, en el barrio de San Telmo, Doña Marta Romero -cocinera de oficio, jubilada hace tres años y dueña de una pequeña huerta en el patio de su casa- preparó su habitual licuado con una taza colmada de arándanos congelados que guarda desde el invierno pasado en el freezer. "Yo los compro cuando están baratos en el verano y los congelo en bolsitas, así tengo todo el año", cuenta mientras revuelve la mezcla con una cuchara de madera, mientras afuera sopla un viento fresco del río que se cuela por la ventana entreabierta de la cocina y anticipa un día gris y húmedo en la ciudad de Buenos Aires.
Lo que Doña Marta hace por intuición y costumbre familiar tiene respaldo científico cada vez más sólido. Investigaciones sobre nutrición y salud metabólica muestran que los arándanos actúan sobre varios mecanismos del sistema cardiovascular: relajan los vasos sanguíneos, reducen el colesterol LDL y estabilizan la glucosa en sangre, tres factores que, cuando se descontrolan, suelen terminar empujando los valores del tensiómetro hacia arriba.
El secreto está en el color oscuro
Los arándanos concentran un compuesto llamado antocianina, que es justamente el pigmento que les otorga ese tono violáceo tan característico. Según explicó Ashlee Bobrick, nutricionista dietista registrada del Ohio State University Wexner Medical Center, esas moléculas estimulan la producción de óxido nítrico en el organismo, una sustancia que facilita la relajación y la apertura de los vasos sanguíneos. Cuando las arterias se relajan, la sangre circula con menor resistencia y la presión arterial tiende a bajar de manera natural, sin necesidad de intervenciones farmacológicas.
La fibra es otro factor clave, y en este punto los arándanos tampoco defraudan: una sola taza aporta cuatro gramos de este nutriente, una cantidad que contribuye de manera significativa al consumo diario recomendado por los organismos de salud. Durante la digestión, la fermentación de la fibra en el intestino genera ácidos grasos de cadena corta que pasan al torrente sanguíneo y participan activamente en la regulación de la presión.
“Esa fibra ayuda a mantener estable la glucosa y a reducir el colesterol LDL, dos variables directamente relacionadas con la salud del corazón.”Ashlee Bobrick, nutricionista dietista registrada del Ohio State University Wexner Medical Center
Qué dicen los cardiólogos
Parveen Garg, cardiólogo de Keck Medicine de la Universidad del Sur de California, planteó que los arándanos podrían mejorar también la función endotelial. El endotelio es esa capa finísima de células que recubre el interior de los vasos sanguíneos y regula su elasticidad, algo así como el revestimiento interno de una cañería que, cuando está sano, permite que el líquido circule sin turbulencias. Estudios previos observaron resultados positivos en este punto: cuando el endotelio funciona bien, el control de la presión arterial resulta más eficiente y el riesgo de eventos cardiovasculares disminuye.
Para personas con resistencia a la insulina o con factores de riesgo cardíaco ya instalados, el beneficio se amplifica todavía más. En esos casos, la presión elevada suele ir acompañada de alteraciones metabólicas que se potencian entre sí, por lo que un alimento con varios efectos simultáneos gana un valor especial dentro de una dieta equilibrada y cotidiana.
Los especialistas coinciden en que una taza diaria, ya sea de arándanos frescos o congelados, alcanza para obtener los beneficios documentados por la literatura científica. Y aquí viene una buena noticia para el bolsillo: la versión congelada conserva intactas las propiedades activas, lo que vuelve mucho más accesible la incorporación del hábito durante todo el año, incluso en aquellos meses en los que la fruta fresca escasea o se encarece en las verdulerías del barrio.
Doña Marta Romero lo sabe bien mientras termina su licuado y limpia la mesa con un repasador floreado, con el rumor de la calle entrando por la ventana y el termómetro marcando apenas catorce grados en este mediodía porteño. "Mientras los pueda comprar y los pueda comer, acá van a estar", dice señalando el freezer con la barbilla, convencida de que esa pequeña fruta morada le viene haciendo bien desde hace años, mucho antes de que lospapers norteamericanos le dieran la razón.
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