La trastienda de Nintendo: cuando el gigante de los videojuegos compró cine adulto para silenciarlo
A principios de los noventa, una productora porny con un plomero bigotudo le sacó ventaja a Super Mario y la compañía japonesa movió una pieza insólita: comprar las cintas y mandarlas al archivo. La historia de dos films que casi nadie vio, casi nadie conoce y que aún hoy siguen en un limbo legal.

Me acuerdo perfecto de la primera vez que vi a Mario Bros saltar por una pantalla, con su overol azul y su bigote espeso, y de la sensación inmediata de que ese personaje ya era mucho más que un plomero de los videojuegos: era un ícono pop. Por eso, cuando hace unos días me crucé con una nota sobre la existencia de dos películas para adultos inspiradas en el personaje, y sobre el modo en que Nintendo decidió hacerse con ellas no para venderlas sino para esconderlas, sentí que estaba ante una de esas historias laterales del entretenimiento que vale la pena contar en detalle, porque dice mucho de cómo funciona la industria cuando se siente amenazada en su propia imagen.
Un plomero, dos productoras y el mismo nombre
A comienzos de los años noventa, Super Mario Bros estaba en la cima. El personaje venía de romper récords con el videojuego de 1985 y su secuela, había conquistado miles de salitas de juego y se codeaba con Mickey Mouse como uno de los rostros más reconocibles del entretenimiento infantil. En medio de ese fenómeno, la industria audiovisual quiso subirse al tren: por un lado, Hollywood produjo la película oficial Super Mario Bros, con un guion serio, actores de carne y hueso y un despliegue considerable. Por el otro, mucho más en las sombras, el director y actor Buck Adams vio una oportunidad muy distinta y financió una parodia pornográfica rodada en apenas dos jornadas, con un presupuesto cercano a los veinte mil dólares y un ritmo de producción pensado para llegar a las vidrieras del rubro lo más rápido posible.
Como el material grabado fue más largo de lo previsto, la producción se partió en dos entregas: Super Hornio Brothers y una secuela que, a la distancia, suena a chiste interno del propio equipo creativo. Ambas llegaron al circuito adulto en pleno boom mario-brosista, justo cuando la versión oficial de Hollywood entraba en cines.
La película que no fue y la que casi no existe
La Super Mario Bros de 1993, dirigida por Rocky Morton y Annabel Jankel, fue un fracaso resonante. La crítica la destrozó, el público no la acompañó y la imagen del personaje quedó golpeada por meses. Para Nintendo, la combinación fue letal: por un lado, un personaje emblema de la compañía asociado a una película malísima; por el otro, una paridadia adulta que llevaba al plomero a un terreno completamente opuesto al universo infantil que la empresa llevaba décadas construyendo.
- La película oficial de 1993 fracasó en taquilla y en crítica.
- Nintendo compró en silencio los derechos de ambas parodias para adultos.
- La operación se hizo sin prensa, en lo que parece una decisión deliberada de no darle aire al tema.
- La estrategia funcionó: durante años muchos dudaron de que los films hubieran existido.
- Recién en 2009 apareció en internet una copia parcial de la segunda entrega.
- La primera película sigue, hasta hoy, sin aparecer en ningún circuito masivo.
En ese contexto, la decisión de la empresa japonesa fue tan inusual como eficaz. En lugar de salir a desmentir, denunciar o judicializar públicamente las cintas, optó por comprarlas y archivarlas. El objetivo, según reconstruyó la prensa especializada, era impedir que siguieran circulando sin generar publicidad adicional alrededor de ellas. La maniobra fue tan discreta que, durante más de una década, buena parte del público e incluso de la propia prensa dudó de que aquellas películas hubiesen existido alguna vez.
El fantasma de la King Pooper
El primer indicio serio de que las cintas no eran un mito urbano llegó en 2009, cuando una copia de Super Hornio Brothers 2: King Pooper Returns apareció en distintos sitios de la web. El material venía con un resumen de la primera entrega, lo que permitió reconstruir, al menos en parte, el argumento y el tono de la producción original. El protagonista era Ron Jeremy, una de las figuras más conocidas del cine para adultos de la época, que años después confirmó públicamente que los derechos de ambas películas pertenecen a Nintendo y que, por cuestiones legales, no pueden reeditarse ni relanzarse. La primera entrega, en tanto, sigue sin circular de manera abierta y se mantiene, en los hechos, como un título fantasma.
Lo que me llama la atención, y lo que creo que vuelve a esta historia tan jugosa para repensar el presente, es la estrategia en sí. Una empresa de videojuegos comprando cine para adultos no para venderlo, no para reciclarlo en un nuevo producto, sino lisa y llanamente para que nadie pudiera verlo. En una época en la que los clásicos se restauran, remasterizan y se suben a todas las plataformas existentes, hay un par de cintas que un gigante del entretenimiento decidió dejar afuera del mapa a propósito. Esa contradicción, la de una compañía capaz de pelear hasta en los tribunales por un personaje que use un paraguas parecido al de Mario y, al mismo tiempo, capaz de operar en el silencio más absoluto cuando conviene, dice bastante de cómo se gestiona hoy la propiedad intelectual. Y también, por qué no, de hasta dónde está dispuesta a llegar una marca cuando lo que está en juego no es ganar plata, sino cuidar una imagen construida durante décadas.
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