Laika vuelve a estirar los límites del stop-motion con una epopeya artesanal de más de dos horas
"Wildwood", la sexta película del estudio responsable de "Coraline" y "Kubo", se animó a rodar 132 minutos de aventura con muñecos y escenarios hechos a mano. Unarareza técnica en tiempos de animación digital que, según quién mire, puede leerse como resistencia o como capricho de autor.

Cada vez que aparece una producción nueva de Laika tengo la sensación de estar frente a un taller de oficios antiguos funcionando en el siglo veintiuno: nada de render en la nube, nada de capturas de motion, sino dedos, cables y paciencia. Con "Wildwood" esa sensación se multiplica, porque el estudio no se limitó a su escala habitual: se propuso rodar 132 minutos de stop-motion puro, una duración que ya de por sí suena a declaración de principios en una época donde la mayoría de las grandes cintas de animación se cocinan en programas de computadora.
Para dimensionar lo que esto significa vale la pena repasar el currículum reciente. Laika es el estudio que dejó su huella con "Coraline", con "El alucinante mundo de Norman" y, sobre todo, con "Kubo y las dos cuerdas mágicas", aquella película que dejó boquiabiertos a propios y extraños por la integración entre papel y animación cuadro por cuadro. Frente a esos títulos, "Wildwood" llega como la sexta película de la casa y, según el material que presentó el estudio, también como la más ambiciosa en términos de escala: un equipo de decenas de artesanos trabajó durante aproximadamente cinco años para animar 231 muñecos articulados en 136 escenarios distintos, todos construidos a mano.
Una epopeya que no le hace lugar a la moraleja
La historia sigue a Prue y Curtis, dos protagonistas que se internan en un universo de proporciones enormes. Y acá viene uno de los datos que más me llamó la atención: la película no está pensada para los más chicos. Incluye violencia, relaciones complejas y batallas de gran envergadura, con un tono mucho más cercano a la aventura épica que a la fábula infantil. Eso, para un estudio acostumbrado a dialogar con públicos familiares, es casi una provocación.
En el plano narrativo, "Wildwood" construye su mundo con agilidad y sin renunciar a la complejidad, aunque el desarrollo de los personajes principales muestra algunas limitaciones que, sospecho, vienen de la novela en la que se basa el guion. Es un detalle menor frente al despliegue visual, pero conviene tenerlo presente para no entrar al cine esperando un virtuosismo dramático que la película nunca promete.
El tercer acto, una secuencia de combate sincronizada
El punto de mayor impacto técnico es, sin discusión, el tercer acto, donde cientos de figuras se mueven de manera sincronizada en una secuencia de combate. Para quien no haya visto jamás cómo se hace stop-motion, vale la explicación: cada fotograma de la película requiere reposicionar manualmente cada figura, lo que convierte una escena con cientos de personajes en movimiento en un trabajo de precisión quirúrgica. Hacerlo durante dos horas y pico de metraje ya parece una locura; concentrarlo en una batalla masiva lo es aún más.
Un dato de contexto que me parece clave y que a veces se pierde: Laika trabaja con independencia creativa sostenida por el respaldo financiero de Nike, lo que le permitió encarar un proyecto de estas proporciones sin condicionamientos comerciales sobre el contenido ni sobre el formato. En un momento de la industria en el que las grandes plataformas de streaming piden proyectos replicables y de costo bajo, que una empresa de juguetes decida sostener un estudio de animación artesanal suena casi a gesto político.
Yo lo confieso: salí de bucear en este material con la sensación de que "Wildwood" es de esas películas que hay que ver sí o sí, aunque sea para recordar que el cine animado todavía puede ser un oficio de carne y hueso. No sé si el stop-motion puede competir de igual a igual con las producciones digitales de los grandes estudios en términos de masividad, pero estoy bastante segura de que, en términos de oficio y de riesgo creativo, no tiene nada que envidiarles. A veces, más que competir, se trata de recordar que existen otros caminos. Y eso, en un país como el nuestro, donde muchas veces la cultura parece condenada a elegir entre lo masivo y lo posible, también se celebra.
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