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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Las huellas que vuelven cuando uno se sienta en el banco de la crianza

Un psicólogo especialista en trauma recorre las marcas más difíciles de soltar, los mandatos que viajan de generación en generación y las reacciones que delatan que la propia infancia se metió en la crianza. Claves para mirarse sin culpabilidad y elegir distinto.

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Marta VillalbaSociedad · · 3 min de lectura
Las huellas que vuelven cuando uno se sienta en el banco de la crianza

Hay una mañana en la que la madre le pega un grito al nene porque se volcó el vaso de leche y, apenas el chico se queda mirando, ella se da cuenta de que se escucha igual que su vieja. Esa escena, que parece menor pero no lo es, es la puerta de entrada a una pregunta que muchos padres y madres se hacen tarde o temprano: por qué repetimos con nuestros hijos lo que vivimos de chicos, aunque nos juramos que íbamos a hacer las cosas distintas. De eso habla el psicólogo especialista en trauma Maxi McCoubrey, y de eso se ocupa esta nota.

La charla con la que armamos esta nota se dio en una jornada fresca, con ese viento del sur que se cuela por la ropa y obliga a cerrar el cuello de la campera, y arrancó con una idea que la psicóloga suele repetir en sus consultas: nadie empieza a criar desde cero. Somos hijos de nuestra historia, de nuestro linaje, de nuestro lenguaje, de la época y del contexto cultural en el que nacimos, señala la especialista, y esa historia se nos cuela cuando hablamos, cuando ponemos límites, cuando reaccionamos frente a un conflicto y también cuando decidimos qué significa tener éxito, manejar el dinero o demostrar cariño.

Las marcas más difíciles de soltar

Según McCoubrey, el problema no está en repetir sino en repetir aquello que hizo sufrir sin poder reconocerlo. Lo que hace falta interrumpir es aquello que maltrata, humilla, abusa, niega la individualidad o hace sufrir de manera sostenida, precisa. Las marcas más difíciles de cambiar no siempre son las más visibles: muchas están tan incorporadas que no se cuestionan durante años. Entre ellas, el especialista menciona pérdidas silenciadas, violencias naturalizadas, vergüenzas heredadas y mandatos que pasan de una generación a otra. El denominador común suele ser la rigidez, esa dificultad para tolerar que un hijo sienta, piense o necesite algo diferente a lo que uno esperaba.

“Querer hacer todo lo contrario a lo que vivieron los propios padres tampoco garantiza un resultado distinto. Criar solo en oposición a la propia infancia puede volver la crianza reactiva: en vez de responder a las necesidades reales del hijo, se responde a una pelea pendiente con los propios padres.”Maxi McCoubrey, psicólogo especialista en trauma

Cómo darse cuenta de que la propia historia se metió en la crianza

La clave, según la psicóloga, no está en encontrar un punto medio matemático sino en mirar al hijo concreto que se tiene enfrente. Un límite puede ser profundamente amoroso si protege, ordena y no humilla. Y una libertad puede ser abandonante si deja al nene solo frente a algo que todavía no puede resolver, resume. Cambiar esos patrones no implica no volver a equivocarse, aclara: a veces el primer cambio no es no gritar nunca, es poder detenerse antes, pedir una pausa, volver y decir lo que hice no estuvo bien y voy a tratar de hacerlo distinto.

Mientras afuera sigue soplando ese aire frío de la mañana, uno termina la charla pensando que la crianza es, en buena medida, un trabajo con la propia historia. Reconocerlo no es para caer en la culpa, sino para empezar a elegir de otro modo. La vecina que me atiende cuando le pregunto cómo hace ella con sus hijos, Claudia, de Bernal, me lo dice con una frase que suena a resumen de todo: yo no quiero repetir lo que me hicieron a mí, pero tampoco quiero confundirme de enemigo y pelear con mis hijos la guerra que no pude ganar con mis viejos. Es, en el fondo, la misma pelea que describe McCoubrey: dejar de reaccionar en automático y empezar a mirar al chico que tenemos enfrente.

MV
Marta VillalbaSociedad

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