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Viernes, 16 de octubre de 2026
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León XIV y el tumor que aparece sin dar señales: cómo se evalúa un adenocarcinoma de pulmón después de una lobectomía

El Vaticano confirmó que al Papa le extirparon el lóbulo inferior derecho en el Policlínico Gemelli. El neurólogo Conrado Estol explicó por qué este cáncer es el más frecuente entre los no fumadores y qué variables miran los médicos para armar el pronóstico.

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Marta VillalbaSociedad · · 5 min de lectura
León XIV y el tumor que aparece sin dar señales: cómo se evalúa un adenocarcinoma de pulmón después de una lobectomía

Son las diez de la mañana en este Buenos Aires que amanece con un viento húmedo que golpea las persianas de los balcones, y mientras en Roma el papa León XIV ya camina por su habitación en el Policlínico Gemelli después de una cirugía que duró unos noventa minutos, acá, en medio del ruido de la calle, una vecina de Lanús me dice con la taza de café en la mano que lo primero que pensó cuando se enteró fue en lo rápido que avanzan estas cosas. "Yo tengo un primo que le encontraron un nodulito así, de casualidad, y al mes estaba en el quirófano", me cuenta Susana, que se llama como mi abuela y fuma desde los dieciséis aunque ya quiere dejarlo. Lo que le pasó al Papa, lo que le pasa a tanta gente, es que el cuerpo a veces avisa tarde, y cuando avisa es porque ya hay que decidir cómo se sigue.

Un tumor que se esconde en la periferia del pulmón

Lo que le extirparon al pontífice fue el lóbulo inferior derecho del pulmón derecho mediante una técnica videoasistida, es decir, una cirugía en la que el cirujano trabaja con pequeñas incisiones y una cámara, y no abriendo el tórax en forma amplia como se hacía antes. El tejido que sacaron, analizado durante la propia operación, resultó ser un adenocarcinoma pulmonar. El neurólogo Conrado Estol, a quien le pregunto por teléfono cómo se traduce eso en lenguaje llano, me responde con una frase que me deja pensando un buen rato: "Es el tumor que más aparece en personas que nunca tocaron un cigarrillo". Representa, según los registros internacionales, entre el 55 y el 80 por ciento de los casos de cáncer de pulmón en no fumadores, lo cual vuelve a poner sobre la mesa que el humo no es la única puerta de entrada.

Como suele ubicarse en la periferia del órgano, lejos de los bronquios principales, este tipo de cáncer tiene la mala costumbre de crecer en silencio. No obstruye una vía aérea grande, no produce tos con sangre en las primeras etapas, no avisa con dolor hasta que ya lleva un buen rato instalado. Por eso muchas veces se descubre en un estudio de imágenes pedido por otra razón, casi de paso, como me dijo Susana cuando le pregunté por su primo. Esa forma de aparecer, de instalarse sin hacer ruido, es lo que vuelve tan importante el momento del diagnóstico y, sobre todo, lo que se hace a partir de entonces.

Por qué se saca un lóbulo entero y no solo el nódulo

La decisión de extraer el lóbulo completo, y no quedarse solo con el nódulo sospechoso, responde a una lógica oncológica que Estol me explica con paciencia de médico que sabe que del otro lado hay una persona que no estudió medicina. Sacar todo el lóbulo garantiza márgenes libres de células tumorales, o sea, asegura que alrededor del tumor haya tejido sano, y al mismo tiempo le entrega al patólogo una pieza más grande para analizar. Durante la operación, un patólogo puede examinar muestras en tiempo real para distinguir entre cáncer, fibrosis o viejas cicatrices que quedaron de alguna infección, aunque el diagnóstico definitivo siempre termina en el microscopio, con los cortes de tejido y las tinciones que se hacen después.

  • Tamaño exacto del nódulo: cuanto más chico, mejor suele ser el escenario.
  • Estado de los ganglios linfáticos cercanos: si están libres de tumor, el pronóstico mejora.
  • Compromiso de la pleura: la membrana que recubre el pulmón, si está afectada, cambia el estadio.
  • Genética del tumor: permite detectar mutaciones específicas que orientan terapias dirigidas.

Esas cuatro variables, que en el parte oficial del Vaticano todavía no se difundieron en detalle, son las que arman el mapa con el que los oncólogos deciden cómo seguir. Estol me plantea un escenario hipotético, aclarándome dos veces que es solo orientativo, para que se entienda la lógica: si el nódulo mide alrededor de dos centímetros, los ganglios están limpios y la pleura no aparece comprometida, la sobrevida a cinco años puede acercarse al noventa y nueve por ciento. La cifra suena enorme, casi milagrosa, pero el especialista insiste en que eso es solo una de las combinaciones posibles y que cada caso es un caso, como le decía mi vieja cuando yo era chico y preguntaba por qué la gente se enfermaba.

La genética como brújula del tratamiento

En paralelo a la recuperación del Papa, que según el Vaticano ya retomó la alimentación habitual, hizo kinesioterapia respiratoria y empezó a caminar dentro de su habitación, hay equipos de laboratorio trabajando sobre la muestra extraída. Buscan mutaciones específicas, entre ellas las del EGFR, KRAS, BRAF, HER y MET, que funcionan como una especie de huella digital del tumor. Si aparecen, permiten indicar terapias dirigidas que se toman por vía oral y que apuntan directo a la alteración que hace crecer la célula maligna. La inmunoterapia, en cambio, se aplica por vena y trabaja sobre el sistema inmunitario para que sea el propio cuerpo el que reconozca y ataque el cáncer. Las dos opciones, me aclara Estol, pueden ir perdiendo efectividad con el paso del tiempo, y por eso el seguimiento oncológico no termina con la cirugía ni con el primer ciclo de medicación, sino que se vuelve una práctica de por vida, con controles periódicos y estudios por imágenes.

Antes de cortar la comunicación le pregunto qué le diría a alguien que se acaba de enterar de que tiene un adenocarcinoma y que está buscando en internet a las tres de la mañana, como hacemos todos. Estol se queda un segundo en silencio y después me contesta algo que me parece justo cerrar acá: que la medicina hoy tiene herramientas que hace diez años no existían, que la cirugía videoasistida es mucho menos agresiva que la de antes, y que un diagnóstico de este tipo, aunque siempre asusta, dejó de ser hace mucho una sentencia automática. Cuelgo, miro por la ventana, el viento sigue moviendo las persianas como cuando empecé a escribir esta nota, y me acuerdo otra vez de Susana, la vecina de Lanús, que a esta altura ya debe estar buscando turno para dejar de fumar. A veces las noticias lejanas terminan prendiendo una lucecita propia, cerca, en la cocina de cualquiera.

MV
Marta VillalbaSociedad

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