Plottier le abre la puerta al sauce que casi nadie sabe que es argentino
Un taller gratuito arranca la semana que viene en el Centro de Formación Profesional Agropecuario para reconocer y multiplicar al Sauce Criollo, la única especie de sauce nativa del país, y empezar a devolverla al paisaje.

La convocatoria es a las cuatro de la tarde, con el viento de la Patagonia moviendo las hojas todavía verdes de un marzo que se hace rogar, y la sensación de que en Plottier algo empieza a moverse en serio alrededor de un árbol que, siendo el único sauce nacido en estas tierras, vive casi en el anonimato. Yo llegué al Centro de Formación Profesional Agropecuario (CFPA) Nº 1 con la misma duda que arrastra buena parte de los vecinos cuando se cruzan con él a la vera del río: qué planta es esa, y por qué nadie la propagationa si la tenemos en la puerta de la casa.
El martes 8 de septiembre, de 16 a 18, ese centro ubicado sobre Ruta 22, kilómetro 1232, abre la primera clase de un ciclo de talleres gratuitos que se repetirá todos los martes en el mismo horario. Lo que se propone allí, según me contaron mientras preparaban el aula, no es un curso teórico que se cierra con un diploma colgado en la pared: es la construcción, clase a clase, de un estaquero permanente, un espacio donde aprender y producir plantas vayan de la mano durante todo el año.
Una especie nativa que pasa desapercibida
El Sauce Criollo, cuyo nombre botánico es Salix humboldtiana, es la única especie de sauce originaria de Argentina. Eso, que parece un dato menor, abre una conversación enorme: si es el único, y si vive a orillas de nuestros ríos y lagunas desde hace siglos, cómo puede ser que muchos vecinos no lo reconozcan al verlo, e incluso lo confundan con sauces extranjeros que terminaron copando el paisaje. De esa pregunta parte la iniciativa, y por eso el taller empieza, como me dijo uno de los docentes, “por lo más básico: aprender a mirarlo”.
Carlos, productor rural de Plottier, se acercó a la institución después de ver un cartel pegado en la entrada del predio. “Yo siempre pensé que todos los sauces eran parecidos, que eran una especie importada, y resulta que el nuestro está acá desde siempre y casi no lo valoramos. Si me enseñan a multiplicarlo, ya tengo pensado dónde poner las primeras plantas”, me dijo, mientras miraba el sector del campo donde todavía quedan ejemplares añosos y aislados.
Cómo será el taller, semana a semana
- Primer encuentro teórico para identificar las características de la especie, sus hojas, su floración y su presencia habitual a orillas de cursos de agua.
- Recolección de estacas en el campo, para que los participantes aprendan a tomar el material de propagación de manera correcta.
- Armado del estaquero, con todas las tareas de implantación, riego y seguimiento del enraizamiento.
- Observación del Sauce Criollo en flor, clave para reconocerlo en estado natural y diferenciarlo de otras especies.
- Producción sostenida de plantas, con destino a futuras acciones de plantación y recuperación en la región.
La capacitación está a cargo del técnico forestal Julián Basile y de la ingeniera agrónoma Gabriela Sotera, que vienen trabajando con la especie hace varias temporadas y conocen de primera mano los trabajos de rescate que el INTA desarrolla en la Patagonia, basados en propagación vegetativa y cultivo en estaqueros. Esos antecedentes, según me confiaron, son los que les dieron el envión para pensar la experiencia de Plottier como algo que no termina con un curso, sino que se convierte en una unidad productiva permanente.
La idea, tal como me la describieron, es que el conocimiento generado en cada taller se termine traduciendo en plantas concretas que vuelvan al territorio, a las márgenes de los ríos, a las plazas de los pueblos, a los predios de los productores. En Río Negro, durante este año, hubo jornadas similares junto a escuelas y acciones de plantación en varias localidades, y eso dejó una certeza: cuando los vecinos se involucran, las plantas terminan encontrando su lugar.
La convocatoria está abierta a vecinos, productores, estudiantes, organizaciones e instituciones que quieran sumarse, sin requisitos previos ni cupos cerrados. El único compromiso, en la práctica, es concurrir los martes a las cuatro de la tarde, arremangarse y aprender. Mientras me retiraba del CFPA, con el viento que ya bajaba su intensidad y una sensación de expectativa dando vueltas, me quedó dando vueltas la misma pregunta que se hizo Carlos en el potrero: qué haríamos cada uno, en el fondo, con un Sauce Criollo en las manos y la posibilidad de llevarlo al barrio, a la plaza de toda la vida, a la costa del río que miramos los domingos.
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