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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Por qué algunos despiertan con el sueño fresco y otros lo pierden antes de abrir los ojos

Un estudio siguió durante quince días a más de doscientos adultos y encontró que la memoria de los sueños no es cuestión de suerte: depende de la edad, de la mente divagante y de cómo se haya dormido esa noche.

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Marta VillalbaSociedad · · 4 min de lectura
Por qué algunos despiertan con el sueño fresco y otros lo pierden antes de abrir los ojos

Me lo cuenta Carmen mientras ordena unas carpetas en su casa de San Antonio de Padua, una mañana de octubre en la que el viento del río todavía no termina de decidirse a entrar por la ventana. Ella dice que a veces se levanta y puede reconstruir la película completa de lo que soñó: la gente, las calles, la ropa que llevaba puesta, hasta el olor de un café que nunca estuvo ahí. Otras veces, en cambio, se despierta con la sensación de que algo pasó durante la noche, pero no puede atrapar ni un solo cuadro. Y hay mañanas en las que no le queda nada, como si el sueño se hubiera desvanecido antes de que ella pudiera siquiera estirar la mano hacia él. Esa diferencia, tan cotidiana y al mismo tiempo tan misteriosa, fue exactamente lo que se propuso desentrañar una investigación publicada en la revista Communications Psychology, que durante quince días acompañó a 217 adultos sanos de entre 18 y 70 años para entender por qué algunos despiertan con recuerdos detallados de sus sueños y otros, en cambio, abren los ojos y no encuentran ni una sola imagen a la cual aferrarse.

No es suerte: hay razones concretas

Lo primero que dejaron en claro los autores del trabajo es que esa brecha entre quienes recuerdan y quienes olvidan no se explica por el azar, sino por una combinación de rasgos personales y por el modo en que cada uno durmió esa noche puntual. Por un lado, aparecen características individuales relativamente estables, como la edad o la tendencia natural de la mente a divagar, es decir, a encadenar pensamientos propios en lugar de quedarse sosteniendo un único foco de atención. Por el otro, entran en juego factores que cambian noche a noche: la calidad del descanso, la cantidad de horas, las fases de sueño por las que pasó cada participante y, sobre todo, qué tan vulnerable estuvo esa persona a que un estímulo externo —la luz que se cuela por la persiana, un ruido en la calle, el primer pensamiento consciente del día— le borrara el recuerdo antes de que terminara de fijarse.

Qué encontró el estudio, punto por punto

A lo largo de las dos semanas de seguimiento, los participantes fueron registrando cada mañana si recordaban haber soñado y con qué nivel de detalle, mientras el equipo recopilaba datos demográficos, psicológicos y del sueño a través de dispositivos de monitoreo y pruebas específicas. Los resultados principales pueden resumirse así:

  • La actitud atenta hacia los propios sueños y la mayor tendencia a la divagación mental se asociaron con recuerdos oníricos más frecuentes y más vívidos.
  • La edad apareció como un factor relevante: a medida que avanza, cambia la facilidad con que las personas retienen el contenido onírico al despertar.
  • La vulnerabilidad a la interferencia fue clave: estímulos inmediatos como la luz, el ruido o el primer pensamiento consciente pueden desplazar el recuerdo del sueño antes de que se consolide.
  • El estudio distinguió dos experiencias distintas, recordar el contenido concreto de lo soñado y lo que los autores llamaron «sueño blanco» (despertar con la certeza de que algo ocurrió pero sin poder recuperar ningún detalle), y mostró que no son lo mismo.
  • En cuanto a la estructura del descanso, quienes tuvieron episodios de sueño más largos, con menor proporción de sueño profundo (la etapa N3, asociada a la recuperación física y cerebral) y mayor presencia de fases más livianas, despertaron con más recuerdos oníricos.

La idea, en el fondo, es bastante reconfortante, y se la devuelvo a Carmen antes de despedirme, mientras el viento de San Antonio de Padua por fin se anima y entra tibio por la ventana. Si hay noches en las que uno se levanta sin poder atrapar nada de lo soñado, no es que la cabeza haya fallado ni que el sueño haya sido peor: es que la mente necesita un poco de calma después de despertar para fijar lo que pasó mientras dormíamos, y a veces la mañana se le adelanta. Otras noches, en cambio, la divagación, las fases más livianas del descanso y una cierta atención flotante hacia el mundo onírico hacen el resto, y entonces uno puede, como Carmen, reconstruir la película entera, con su gente, sus calles y hasta el olor de un café que nunca estuvo ahí.

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Marta VillalbaSociedad

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