Ridley Scott vuelve al futuro que se apaga y le mete mano al guion hasta el final
El director británico presenta "La constelación del perro", una película post-apocalíptica basada en la novela de Peter Heller que lo sedujo a la primera lectura y a la que le pidió reescribir el tercer acto para sumar a Jacob Elordi. La definió como una de las cuentas pendientes más personales del último tramo de su carrera.

Imaginen la escena: un set enorme, probablemente en algún páramo que en la pantalla va a parecer el fin del mundo, con Ridley Scott caminando entre cámaras como sólo caminan los directores que ya no tienen nada que demostrar pero todavía tienen todo por arriesgar. A sus años, el británico vuelve a poner el cuerpo en el género que lo volvió leyenda, la ciencia ficción, y lo hace con una historia que, según él mismo confiesa, lo convenció apenas abrió el guion por primera vez. Eso, en la jerga de Hollywood, no pasa casi nunca: Scott ubica a "La constelación del perro" ("The Dog Stars") en un lote exclusivo de apenas tres libretos que le provocaron ese efecto en toda su filmografía, junto a "Alien, el octavo pasajero" y "Marte" ("The Martian"). La afirmación la hizo en una charla con la periodista Martina Barone para la revista GQ, y es la clase de pista que a los que seguimos su carrera desde los años del Nostromo nos hace prender la antena.
Un libro que viaja al cine con cambios
La película es la adaptación de la novela de Peter Heller, ese escritor estadounidense que con aquel libro nos metió en la cabeza de un sobreviviente que sobrevuela un Estados Unidos devastado por una gripe feroz. La historia ya tenía en el papel una melancolía seca, de esas que se sienten en el pecho, y un protagonista que carga más dudas que certezas mientras mira el cielo desde una avioneta destartalada. Pero Scott no se conformó con traducirlo en imágenes: le pidió al guionista Mark L. Smith una reescritura entera del tercer acto. ¿El objetivo? Meter en una situación clave al personaje que interpreta Jacob Elordi, un rol que en el libro de Heller ni siquiera aparece en ese tramo. El director justificó el retoque con una frase que, viniendo de él, suena a declaración de principios: necesitaba una "perspectiva realista" que el cierre original, al menos a su entender, no le estaba dando.
Acá, lejos de los sets, me detengo un segundo porque este dato me parece de los más jugosos de toda la cobertura: a Scott el libro le alcanzó para soñar la película, pero no le alcanzó para cerrarla. Es un detalle muy del oficio, de esos que separan a un director que adapta de uno que reescribe, y en su caso la costumbre viene de lejos. Cualquiera que haya leído sobre el detrás de escena de "Alien" sabe que las modificaciones al guion original de Dan O'Bannon están documentadas hasta el hartazgo, y que buena parte de lo que hoy consideramos lenguaje madre del cine de ciencia ficción nació justamente de esa pelea entre el director y la página escrita. Volver a tomar el toro de la reescritura por las astas, en el tramo final de su carrera, es casi un acto de identidad.
Tres guiones en toda una vida
- "Alien, el octavo pasajero", que cambió para siempre el cine de monstruos y de espacios cerrados.
- "Marte" ("The Martian"), con Matt Damon varado en el planeta rojo y un tono que mezclaba ciencia dura con humor muy británico.
- "La constelación del perro", el regreso post-apocalíptico que Scott define como uno de sus trabajos más personales del último tramo.
Esa trinidad que el propio Ridley Scott se anima a dibujar dice mucho de cómo se ve a sí mismo después de medio siglo detrás de cámara. No es un ranking caprichoso: son tres películas donde la ciencia ficción deja de ser decorado para ponerse al servicio de algo más íntimo, ya sea el terror a lo desconocido, la voluntad de sobrevivir o, como en este caso, la pregunta de qué hacemos con el mundo cuando el mundo se terminó. El director, que ya tiene un lugar reservado en la historia grande del cine, parece estar jugando ahora un partido distinto: no quiere simplemente sumar un título a la filmografía, quiere cerrar asuntos personales pendientes.
Jacob Elordi, la pieza que no estaba
Hay que detenerse en la decisión de sumar a Jacob Elordi en el tercer acto, porque es el movimiento que termina de revelar la lógica del film. El actor australiano, que viene de llamar la atención con papeles de distinta textura, desde el Elvis de "Priscilla" hasta su Elvis Presley en la biopic de Sofia Coppola, se mete de lleno en un universo donde lo que se pospone es letal. Scott lo necesita para anclar el tramo final en una perspectiva que considera realista, y eso nos deja pensando a los espectadores qué tipo de personaje puede justificar una reescritura completa del cierre. Mi intuición, y aclaro que es apenas una intuición de cinéfila, es que Elordi va a funcionar como el ancla emocional de una historia que, sin esa intervención, podía haber quedado demasiado suspendida en la contemplación del cielo.
Lo que se viene, entonces, es un regreso en regla. Ridley Scott vuelve a la ciencia ficción con una historia post-apocalíptica que le exige lo mejor de su ojo para el detalle y de su pulso para el suspenso, pero también algo más blando, más humano, que en sus mejores momentos lo acerca a los espectadores comunes. Como espectadora que creció viendo sus películas en pantalla grande, confieso que tengo expectativas altas y, al mismo tiempo, un poco de miedo de que la nostalgia me juegue una mala pasada. Pero cuando un director de esta talla pone el cuerpo, cambia un tercer acto y define a un guion como uno de los tres que le cambiaron la vida, lo mínimo que podemos hacer los demás es sentarnos en la butaca y dejar que la pantalla haga el resto.
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