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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Sentirse solo cuesta más años de vida saludable que estar aislado, según un estudio de gran escala

Una investigación con más de 277.000 adultos en el Reino Unido encontró diferencias marcadas entre la soledad y el aislamiento social, con una brecha de hasta 5,8 años en salud mental entre los varones. Los hábitos saludables amortiguaron parte del impacto, pero no lograron lo mismo frente al malestar emocional.

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Marta VillalbaSociedad · · 3 min de lectura
Sentirse solo cuesta más años de vida saludable que estar aislado, según un estudio de gran escala

Son las nueve de la mañana en una plaza del conurbano bonaerense y la rutina ya empieza a poblarse de rostros conocidos. Don Vicente, vecino de Morón, llegó temprano con su termo bajo el brazo y se sentó en el banco de siempre. Conversa con quien pasa, saluda a la kiosquera y cuenta los chismes del barrio antes de irse a arreglar un jardín. Tiene setenta y cuatro años y, sin proponérselo, acaba de confirmar lo que acaba de mostrar una investigación publicada por la Universidad de Tulane: estar acompañado y sentirse acompañado no siempre son la misma cosa, y esa diferencia puede traducirse en años de vida saludable.

Dos fenómenos que se parecen pero no se confunden

El aislamiento social, según el Consejo Nacional de Envejecimiento, hace referencia a la falta de relaciones o a un contacto limitado con los demás, mientras que la soledad aparece cuando esa escasa cantidad de vínculos no satisface las necesidades de conexión afectiva. Es posible, entonces, que alguien con pocos contactos no se sienta solo si esos lazos resultan significativos, y a la inversa, alguien rodeado de gente puede experimentar un vacío profundo. Esa distinción sirvió de columna vertebral para un trabajo que siguió durante años a más de 277.000 personas registradas en el Biobanco del Reino Unido, todas con entre 40 y 69 años al momento de ingresar al estudio.

Para llegar a sus conclusiones, los investigadores calcularon cuántos años libres de enfermedades podían esperar vivir los participantes a partir de los 50. Ninguno de los voluntarios presentaba al inicio del seguimiento las siete condiciones evaluadas: diabetes, problemas cardíacos, enfermedades pulmonares, demencia, cáncer, depresión y ansiedad. La diferencia entre quienes se sentían solos o aislados y quienes no se tradujo en cifras concretas, sobre todo cuando se miró la salud mental.

  • En salud mental, la brecha alcanzó los 5,8 años en hombres y los 3,7 años en mujeres.
  • En salud física, la merma estimada fue de 1,7 años en hombres y de 2,4 años en mujeres.
  • La mayor diferencia entre sexos se observó justamente en el terreno de la depresión y la ansiedad.

Los hábitos saludables pesaron, pero no del mismo modo para todos. Mantener una alimentación equilibrada, hacer actividad física, dormir bien y no fumar amortiguó la pérdida de años sin enfermedades asociada al aislamiento social, aunque no logró reducir de manera significativa los riesgos vinculados con la soledad. Quienes compartían tiempo con otros aunque fuera de manera ocasional parecían obtener parte del beneficio de esos hábitos, pero quienes padecían ese malestar más íntimo no cosechaban el mismo alivio. Lu Qi, investigador principal del estudio, señaló que los hallazgos abarcan tanto la salud física como la mental, y remarció que las cifras se refieren a años sin las enfermedades estudiadas, no necesariamente a años de vida perdidos.

Lo que sirve, lo que alcanza, lo que falta

La investigación deja una enseñanza incómoda para quienes insisten en recomendar dieta y ejercicio como si fueran soluciones universales. Cuidar el cuerpo sirve, y mucho, pero cuando el malestar viene de adentro, del lado afectivo, las rutinas saludables por sí solas no alcanzan. Hacen falta otras herramientas, y la más antigua sigue siendo la más sencilla: generar vínculos donde uno se sienta escuchado. Mientras tanto, en la plaza de Morón el viento de la mañana arrastra las hojas del jacarandá y Don Vicente invita al panadero a sentarse un rato, porque sabe, sin saberlo, que la conversación también es un remedio.

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Marta VillalbaSociedad

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