Una mano que calma: cómo el contacto físico modula el miedo y la ansiedad
La especialista en neurociencias afectivas Paula Salamone describe qué pasa en el cuerpo cuando alguien nos toma la mano o nos acaricia, por qué el autocontacto no alcanza y qué papel juegan la cultura y el aislamiento en la cercanía corporal.

El viento frío de este jueves se cuela por las persianas de los bares de Palermo mientras, adentro, dos amigos hablan con las manos apoyadas sobre la mesa y, cada tanto, uno le da un apretón al antebrazo del otro como si quisiera decirle sin palabras que lo entiende. Esa imagen, tan común y a la vez tan poco pensada, es la que sirve para empezar a entender de qué se trata cuando hablamos del contacto físico como regulador de las emociones. Lo aclaro de entrada: no es magia ni es poesía barata, es biología pura, y por eso conversé con Paula Salamone, doctora en Neurociencias Afectivas, que se encarga de estudiar precisamente cómo lo que pasa en la piel termina modificando lo que siente el cerebro.
En la charla, Salamone arrancó por el ejemplo más sencillo y a la vez más revelador: cuando un chico tiene miedo y toma la mano de un adulto. No se trata de un capricho del chico ni de un gesto decorativo del adulto, me dijo la especialista, sino de un mecanismo con efectos concretos sobre la ansiedad, algo que está estudiado y que vuelve a poner en el centro una idea que muchas veces damos por sobreentendida, y es que el cuerpo no se separa de la emoción, ni la emoción del cuerpo, y que un apretón de manos a tiempo puede ser tan decisivo como cualquier palabra bien elegida.
Qué pasa dentro del cuerpo cuando alguien nos toca
Le pregunté a Salamone qué ocurre desde el punto de vista del sistema nervioso y la respuesta fue tan ordenada como reveladora: el tacto involucra distintas partes del organismo, porque la piel está conectada con el cerebro, con la médula espinal y con un montón de respuestas fisiológicas que no vemos pero sentimos, y por eso una caricia o un masaje, incluso un gesto breve y casi involuntario, puede modificar las reacciones de estrés y ayudar a que el cuerpo se relaje, como si bajara un volumen interno que estaba demasiado alto.
“El tacto es una vía directa entre la piel y el sistema nervioso, y por eso puede modular respuestas de estrés y de ansiedad de manera muy concreta, sin necesidad de palabras.”Paula Salamone, doctora en Neurociencias Afectivas
En esa misma línea, la investigadora explicó que su trabajo apunta a entender cómo los estímulos sobre la piel se relacionan con la actividad cerebral y con respuestas que se disparan en el resto del cuerpo, lo que vuelve al contacto físico un tema serio de laboratorio y no una cuestión de folklore hogareño, aunque en la vida cotidiana siga pareciendo lo más natural del mundo, y ahí está la paradoja que a mí, como periodista, más me interesa: lo más obvio suele ser lo menos interrogado.
Tocarse a uno mismo no es lo mismo que ser tocado por otro
Acá aparece uno de los puntos más interesantes de la conversación, porque muchas personas, frente a la angustia, se acarician el cabello, se tocan la barba o se frotan las manos como buscando alivio, y Salamone me confirmó que esos gestos de autocontacto existen y efectivamente regulan emociones, pero con un matiz clave: el cerebro distingue perfectamente entre lo que uno mismo se hace y lo que llega desde afuera, como si hubiera una firma interna que le indica al sistema nervioso que ese estímulo fue generado por uno y no por otro, y esa diferencia cambia todo.
Y si hay un ejemplo que a mí me parece casi didáctico para entender esto, es el de las cosquillas, porque cuando uno intenta hacérselas a sí mismo, sabe dónde va a tocar, en qué momento y con qué intensidad, y entonces la sorpresa se pierde y la sensación se atenúa, mientras que cuando las hace otra persona queda un componente de incertidumbre que cambia la experiencia, y por eso las cosquillas, además de ser un juego, son un pequeño laboratorio de lo que significa el contacto entre cuerpos que se distinguen entre sí.
La cultura, la distancia y los efectos de la pandemia
Hay un costado del tema que a veces se olvida, y es que la manera en que nos tocamos no es igual en todos los países, ni siquiera en todas las ciudades, y Salamone lo contó con una anécdota muy gráfica de su paso por Suecia, donde descubrió que era perfectamente normal conversar con un colega a tres metros de distancia sin que eso significara distancia emocional, sino simplemente otra forma de habitar el espacio, y eso me parece clave para no caer en la trampa de pensar que más contacto es siempre mejor, porque la cultura marca reglas, hábitos y hasta silencios que también regulan la manera de vincularnos.
En la Argentina, Salamone integra el equipo Tango-i Lab, que se dedica a estudiar la relación entre el contacto físico y los síntomas de despersonalización, esa sensación tan perturbadora de sentirse ajeno del propio cuerpo, y a mí me llamó la atención que el equipo también se esté preguntando si la falta de interacción física durante los largos meses de aislamiento por la pandemia dejó marcas posteriores, aunque la investigadora aclaró que por ahora se trata de una pregunta de investigación, no de una conclusión, y que los resultados están en desarrollo, algo que valoro especialmente porque en tiempos donde todo se dice con seguridad absoluta, escuchar a una científica hablar con prudencia es casi un alivio.
Vuelvo a la escena del principio, al bar de Palermo con el viento metiéndose por las persianas y a los dos amigos que se acompañan con la mano en el antebrazo más que con las palabras, porque en el fondo eso es lo que cuenta la neurociencia afectiva que estudia Salamone: que el contacto físico no reemplaza al lenguaje, pero tampoco necesita pedirle permiso, y que una mano, una caricia o un abrazo oportunos pueden hacer, literalmente, que el miedo y la ansiedad bajen un poco su volumen en el cuerpo del otro, algo que cualquier porteño de entre 40 y 60 años, me juego, ya intuyó alguna vez sin necesidad de haber leído un solo paper.
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