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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Una taza que no se nota: cómo la cafeína se mete en la vida de los adolescentes y termina sacándoles el sueño

Especialistas de Yale explican que las bebidas energéticas y los sobrecitos saborizados concentran dosis que los chicos no siempre registran. Recomiendan revisar horarios, hablar en familia y prestar atención a señales como temblores, nerviosismo y caída en el rendimiento escolar.

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Marta VillalbaSociedad · · 4 min de lectura
Una taza que no se nota: cómo la cafeína se mete en la vida de los adolescentes y termina sacándoles el sueño

La mañana en el barrio de Once es de esas en las que el viento parece empujar a la gente más rápido que de costumbre. En la vereda de un kiosco de la calle Boulogne Sur Mer, Camila, de 39 años, le alcanza un café con leche a su hijo de catorce antes de que salga hacia la escuela. No piensa mucho en eso: lo hace casi como un reflejo, como tantas familias en Buenos Aires que empiezan el día con la cuchara del café dando vueltas en la taza. Lo que no sabe es que, después, en el recreo, en la merienda y de madrugada frente a la pantalla, ese mismo chico puede terminar sumando una cantidad de cafeína que, según especialistas consultados por la Universidad de Yale, empieza a jugarle en contra.

Porque la advertencia que llega desde Estados Unidos tiene poco de alarmista y mucho de conversación pendiente en las casas argentinas. La neumonóloga y especialista en sueño Sabhyata Agrawal, de Yale, sostuvo que un exceso de cafeína en adolescentes puede traducirse en dificultades para dormir, temblores, palpitaciones, molestias digestivas, inquietud y ansiedad. Cuando esas señales aparecen junto con una merma en el rendimiento escolar, dijo, hay motivos de sobra para sentarse a revisar qué se está consumiendo y en qué horarios.

No todo es café: dónde se esconde la cafeína

Contar las tazas de café ya no alcanza. La cafeína está también en bebidas energéticas, gaseosas de cola, chocolate, chicles y, sobre todo, en unos sobrecitos saborizados muy populares entre los más jóvenes. Esos polvos, que se disuelven en agua y se venden en llamativos, pueden aportar entre 50 y 200 miligramos por unidad, según detallaron las especialistas. Grace Kong, profesora asociada de Psiquiatría de Yale, explicó que los sabores dulces y frutales disimulan el amargor y hacen que los adolescentes se inclinen a probarlos sin reparar en la carga real que llevan adentro.

“Los sabores dulces y frutales disimulan el amargor y pueden favorecer que los jóvenes los prueben sin dimensionar cuánto están consumiendo.”Grace Kong, profesora asociada de Psiquiatría de Yale

El reloj de la cafeína y el reloj de la adolescencia

El horario en el que se consume es tan importante como la cantidad. De acuerdo con Agrawal, la cafeína empieza a hacer efecto entre 30 y 45 minutos después de ingerirla, y entre cinco y seis horas más tarde todavía queda en el organismo alrededor de la mitad de lo que se tomó. Por eso, la recomendación concreta es evitarla después de las 13 o las 14, según el horario de descanso de cada chico. A eso se suma un fenómeno propio de la edad: en la adolescencia, el reloj biológico se corre hacia horarios más tardíos y levantarse temprano se vuelve una pelea cotidiana. Si el cansancio lleva a buscar un estimulante, el alivio momentáneo termina retrasando otra vez el sueño y agrandando el agotamiento del día siguiente.

  • Prestar atención a señales como dificultades para dormir, nerviosismo, temblores y caída del rendimiento escolar.
  • Contar la cafeína que no viene en taza: bebidas energéticas, gaseosas, chocolate, chicles y sobrecitos saborizados.
  • Evitar el consumo después de las 13 o las 14, según el horario habitual de descanso.
  • Tener en cuenta que las recomendaciones para adultos no son válidas para menores de 18 años.
  • Excluir las bebidas energéticas de la alimentación de niños y adolescentes.
  • Revisar las rutinas nocturnas, sobre todo el uso de pantallas y el consumo durante los videojuegos.

Las pantallas, los videojuegos y la costumbre compartida

Las especialistas también pusieron el foco en la vida digital. Jennifer Jiyun Park, investigadora del Departamento de Psiquiatría de Yale, describió que el consumo de cafeína durante largas sesiones de videojuegos puede responder tanto al deseo de mantenerse despierto como a una práctica que se comparte con otros jugadores y se naturaliza sin demasiado cuestionamiento. La exposición a la luz de las pantallas, además, reduce la producción de melatonina y termina de desordenar el reloj interno de los chicos. Agrawal completó la idea al remarcar que los adolescentes pueden experimentar malestares con cantidades menores que las que un adulto tolera sin inconvenientes, lo que vuelve aún más importante revisar cada hábito.

Vuelvo a Camila, en su cocina de Once, con el ruido del colectivo pasando por la esquina. Lo que para ella es un gesto cotidiano, casi un protocolo familiar, para su hijo puede ser apenas una pieza de un rompecabezas más grande que se completa con un sobre saborizado a la tarde, una lata de gaseosa mientras juega en línea y una última lata o un último café antes de dormir. Hablar de eso sin dramatizar, revisar juntos qué se consume y en qué momento, y prestar atención a señales que a veces quedan tapadas por el ritmo del día parece ser, según lo que recomiendan las especialistas, el camino más sensato. No se trata de prohibir en bloque, sino de entender que el cuerpo de un adolescente no procesa la cafeína como el de un adulto, y que detrás de un cansancio que se repite puede haber una historia silenciosa que empieza en una taza y termina en la pantalla del celular.

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Marta VillalbaSociedad

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