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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Una vuelta al mundo a fuerza de amistad y de brazos cruzados sobre la espalda

Fletcher Crowley y Lachie Bennett, dos australianos que se conocieron en un centro de rehabilitación, acaban de completar un viaje de tres meses por cuatro continentes en el que la silla de ruedas fue, también, un vehículo para cruzarse con el mundo y con ellos mismos.

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Marta VillalbaSociedad · · 5 min de lectura
Una vuelta al mundo a fuerza de amistad y de brazos cruzados sobre la espalda

La escena es en Hong Kong, en una escalera interminable que sube hacia el Gran Buda, y el viento de la isla no ayuda nada, más bien parece empujar en contra, como si quisiera advertirles que ese esfuerzo no era para cualquiera. Fletcher Crowley tiene la mirada clavada en los peldaños y la respiración entrecortada, y arriba de todo, literalmente, está Lachie Bennett, su amigo de toda la vida, cargándolo en la espalda como quien lleva un bolso demasiado preciado. Son 268 escalones, los cuentan uno por uno, y cuando finalmente llegan a la cima los dos se quedan en silencio unos segundos, mirando la ciudad desde allá, hasta que uno de los dos dice, todavía con el aire cortado, que el momento fue surrealista, y el otro asiente con la cabeza, porque las palabras todavía no les salen, y porque lo que acaban de hacer no se explica en una frase.

Fletcher tenía 17 años cuando un accidente en bicicleta de montaña le fracturó dos vértebras y lo dejó parapléjico, y hoy, muchos años después, puede ponerse de pie y moverse unos pasos, pero el esfuerzo lo agota enseguida, así que su mundo cotidiano es, en gran parte, una silla de ruedas, y desde ahí mira la vida con una mezcla de resignación y de insistencia que a mí, cada vez que lo leo, me parece una pequeña lección de terquedad bien entendida. Lachie, en cambio, trabaja como terapeuta en un centro de recuperación para personas con lesiones medulares, el mismo lugar donde los dos se reencontraron después de haber ido juntos al colegio, y donde una noche de turno, durante una cena compartida, se dieron cuenta de que tenían mucho más en común que los recuerdos de la primaria.

Una amistad que empezó en una guardia nocturna

La amistad creció en ese centro, en una cena de turno nocturno, y lo que los terminó de unir no fueron sólo la música, la moda, las ganas de conocer gente nueva o la atracción por las experiencias intensas, sino algo más íntimo y más silencioso: los dos habían atravesado episodios de ansiedad y habían aprendido a manejarlos, y eso, me parece a mí, es de esas coincidencias que no se buscan pero que cuando aparecen cambian una relación para siempre, porque uno deja de explicar lo que le pasa y simplemente se sienta a la mesa y se siente entendido. Esa base de entendimiento, dicen, fue lo que les permitió imaginarse, unos años más tarde, una locura a primera vista razonable: recorrer el mundo juntos, sin más regla que no ponerse límites.

El viaje grande empezó casi por accidente, como tantas cosas que terminan cambiando una vida, porque lo que en principio iba a ser una escapada de dos semanas se transformó cuando apareció una oferta de vuelta al mundo con múltiples escalas, y Lachie y Fletcher, sin pensarlo demasiado, compraron los tickets con la misma naturalidad con la que uno compra un café, y a los pocos días ya estaban armando un itinerario que mezclaba Hong Kong, Italia, Austria, Suiza, Países Bajos, Francia, España, Brasil y Sudáfrica, todo en tres meses, que es una forma bastante gráfica de decir que la lista de pendientes se les fue de las manos en el mejor sentido.

  • En Hong Kong, Lachie cargó a Fletcher en la espalda para subir los 268 escalones que llevan al Gran Buda, y llegar arriba fue, según contaron, un momento surrealista.
  • En Suiza, una familia que los seguía en redes los invitó a quedarse en su casa, y esa hospitalidad inesperada se volvió una de las postales del viaje.
  • En Francia se alojaron en la granja de ovejas de un conocido y pasaron una noche en una capilla del siglo X cerca de Niza, durmiendo entre muros con más de mil años de historia.
  • En Brasil recorrieron la selva en cuatriciclo, entre árboles y barro, con la silla de ruedas asegurada como un pasajero más.
  • En Sudáfrica hicieron safari, bucearon con tiburones y volaron en parapente, tres actividades que, sumadas, parecen el manual completo de cómo animarse a todo.

Cuando el mundo no es accesible, ellos sí

La logística, claro, no siempre fue sencilla, porque algunos lugares resultaron directamente inaccesibles y hubo que improvisar rutas alternativas o directamente aceptar que Lachie iba a tener que llevar a Fletcher a cuestas, como pasó en aquella escalera de Hong Kong, y la frase que ellos eligieron como lema lo dice todo, con esa honestidad un poco cruda que a mí, te soy sincera, me sigue dando vueltas en la cabeza: El mundo no es accesible, nosotros lo somos, una declaración de principios que sirve como explicación y, al mismo tiempo, como provocación amable.

“Puede requerir un poco más de planificación y a veces las cosas tardan más, pero encontramos la manera de que casi todo funcione.”Fletcher Crowley y Lachie Bennett

Al principio, el viaje se financió con ahorros propios, y eso ya de por sí habla de una apuesta bastante seria por lo que estaban haciendo, pero cuando empezaron a publicar videos en redes la respuesta fue tan grande, tan inesperadamente grande, que una campaña de micromecenazgo les dio el margen económico para ser más espontáneos sobre la marcha, y el alojamiento, que suele ser el punto crítico de cualquier itinerario largo, terminó resolviéndose en gran parte gracias a personas que se fueron sumando a la historia desde distintos lugares del mundo, como aquella familia suiza que los albergó sin conocerlos personalmente y que, de algún modo, terminó siendo parte del viaje tanto como los dos amigos australianos. Lo que me gusta de esta historia, y por eso me quedé leyéndola un rato largo antes de escribir esta nota, es que no necesita grandes frases para conmover, le basta con la imagen de un chico cargando a otro en la espalda para subir 268 escalones en una isla donde el viento parece estar siempre en contra, y con la certeza, un poco terca y un poco tierna, de que cuando el mundo no se adapta a uno, a veces lo más simple y lo más revolucionario es decidir que uno sí va a adaptarse al mundo.

MV
Marta VillalbaSociedad

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