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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Black Torch: la serie que convierte a un chico de barrio y un gato negro en dúo de cazaespíritus

Doce capítulos, menos de seis horas y una historia de amistad improbable: la adaptación del manga de Tsuyoshi Takaki ya se puede ver completa en Crunchyroll, con Jiro y Rago como imán de una fantasía urbana que no pide demasiado tiempo al espectador.

LB
Lorena BergamascoCultura y espectáculos · · 4 min de lectura
Black Torch: la serie que convierte a un chico de barrio y un gato negro en dúo de cazaespíritus

Me acuerdo de cuando el animé de los noventa llegaba a la Argentina en VHS y uno se armaba una jornada entera para ver un solo capítulo. Hoy la ecuación es al revés: tenemos temporadas enteras a un click y, sin embargo, cada vez cuesta más encontrar una propuesta corta que no se estire como chicle. Por eso, cuando me topé con Black Torch, lo primero que me llamó la atención fue su honestidad relojera: doce episodios y menos de seis horas para contar una historia de inicio a fin, sin prometer continuaciones eternas ni finales abiertos a la fuerza. Es una rareza bienvenida, de esas que invitan a sentarse un domingo a la tarde y levantarse con la serie terminada.

De un bosque cualquiera a una oficina de espías

La serie arranca donde tienen que arrancar este tipo de relatos: en un bosque, de noche, con un personaje que no debería estar ahí. Jiro es un pibe de origen japonés que carga con dos herencias pesadas: por un lado, el entrenamiento ninja que le dejó su abuelo; por el otro, una capacidad insólita, puede hablar con los animales, algo que, según nos muestran, lo convirtió de chico en el bicho raro del barrio. En uno de esos paseos nocturnos, se topa con Rago, un mononoke, un espíritu con forma de gato negro que lleva años sellado y que aparece malherido. Jiro, claro, hace lo que haría alguien con esa habilidad: en vez de salir corriendo, se queda a cuidarlo.

Hasta acá, podríamos estar frente a cualquier cuento de hadas moderno. Lo que cambia las reglas del juego es lo que viene después: aparece otro mononoke, mucho menos amistoso, y Jiro se mete en el medio para defender a Rago. El resultado es una herida mortal que deja al pibe con un pie en el otro mundo. Para salvarlo, Rago toma una decisión drástica: se fusiona con él. Desde entonces comparten cuerpo, voluntad y, por lo que se ve en los capítulos siguientes, también una dinámica de pareja dispareja que sostiene buena parte del peso dramático de la serie. Hay peleas, hay roces, hay una ternura torpe entre los dos que funciona porque ninguno de los dos eligió realmente estar en esa situación.

Esa fusión los lleva directo a la Oficina de Espionaje, donde los enchufan en Black Torch, un departamento flamante pensado justamente para enfrentar espíritus malignos. Es el mecanismo clásico de este tipo de ficciones: el personaje con un poder raro termina institucionalizado, con jefe, compañeros y misiones, y la historia se expande más allá del encuentro original en el bosque. Acá el recurso funciona porque la producción no se olvida de que lo interesante no es la oficina en sí, sino cómo Jiro aprende a convivir con algo que no controla del todo.

Un manga breve que ahora respira en pantalla

Algo que me parece justo destacar es la historia del material de origen. El manga de Tsuyoshi Takaki arrancó en 2016, pasó al formato digital y fue cancelado en 2018, así que el recorrido fue bastante corto: apenas 19 capítulos, reunidos en cinco tomos. Es decir, estamos ante una serie que adapta un material que nunca terminó de explotar en papel pero que, visto en retrospectiva, tenía una semilla muy clara: la relación entre un humano y un espíritu que no se eligieron pero que tienen que aprender a soportarse. Esa semilla es, a mi entender, lo mejor que tiene la versión animada, porque ordena la acción alrededor de un vínculo en vez de dispersarla en peleas que no conducen a ningún lado.

La producción lleva la firma de 100studio y se mueve con un pulso que mezcla tecnología contemporánea, técnicas ninja con olor a viejo manual y criaturas sobrenaturales que aparecen, sobre todo, en los márgenes. No hay acá un alarde de animación frame por frame que vaya a quedar en los anales del género, pero el diseño de los mononoke cumple y las escenas de combate tienen la coreografía suficiente como para no aburrir. En definitiva, Black Torch no viene a reinventar nada, y eso, en un catálogo tan saturado como el actual, casi se agradece.

Dicho esto, y acá me la opinión en primera persona: si tenés una tarde libre y te copa la idea de una fantasía urbana con ritmo corto, con un protagonista que habla con loros y un espíritu gato que le contesta con cara de pocos amigos, Black Torch es de esas series que se ven en una sentada y dejan la sensación de haber pasado un rato agradable sin culpa. No es para mirar con la familia ni para recomendar a alguien que recién se inicia en el género, pero sí para quienes ya vimos varias veces lo mismo y queremos algo distinto, con la promesa extra de que, en menos de seis horas, ya sabemos cómo termina.

LB
Lorena BergamascoCultura y espectáculos

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