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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Cecilia Garraffo, la argentina que entrena máquinas para mirar el cielo

Creció en Belgrano, se recibió de astrónoma después de pasar por Actuariado y hoy dirige el Instituto AstroAI de Harvard. En su paso por Buenos Aires, donde dictó un seminario en el ITBA, explicó por qué la búsqueda de vida extraterrestre ya no es una fantasía de la ciencia ficción sino una tarea estadística, atravesada por la inteligencia artificial.

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Marta VillalbaSociedad · · 5 min de lectura
Cecilia Garraffo, la argentina que entrena máquinas para mirar el cielo

Hay una mañana de octubre en la que el viento entra tibio por la ventana del ITBA, en el barrio de Puerto Madero, y una científica de rasgos finos y habla pausada se para frente a un auditorio lleno para contar algo que suena enorme y, a la vez, profundamente cotidiano: que la vida en otros rincones del universo no es una hipótesis descabellada, sino, si se la mira con números, casi una obligación de la estadística. La científica es Cecilia Garraffo, astrónoma, física y doctora en Ciencias de la Atmósfera, nacida y criada en el barrio porteño de Belgrano, que hoy dirige desde Cambridge, Massachusetts, el Instituto AstroAI, un laboratorio del Centro de Astrofísica de Harvard y Smithsonian dedicado a aplicar inteligencia artificial a los problemas más antiguos de la astronomía.

La visita a Buenos Aires fue breve pero intensa: Garraffo llegó para dictar un seminario en el ITBA, reencontrarse con colegas de la UBA y de la Universidad Nacional de La Plata, donde estudió, y regalarse unas caminatas por la ciudad que la vio crecer. En el aula, lejos de los reflectores internacionales, se sentó a charlar con colegas argentinos sobre el futuro de una disciplina que está cambiando a velocidad de vértigo, y sobre una pregunta que la humanidad arrastra desde que mira el cielo.

Un camino que empezó en Belgrano y pasó por la matemática

Garraffo no siempre supo que iba a vivir de mirar las estrellas. Cuando terminó el secundario en Belgrano, se anotó en la carrera de Actuario en la Universidad de Buenos Aires, seducida por una materia que se le daba especialmente bien: la matemática. Llegó hasta tercer año, metida de lleno en los números, hasta que un libro de Stephen Hawking y la película Contacto, esa historia de Jodie Foster escuchando señales del cosmos, le torcieron el rumbo. Se cambió a Astronomía en la Facultad de Ciencias Astronómicas y Geofísicas de La Plata y, desde entonces, no volvió a dudar.

El currículum posterior combina lugares y disciplinas: doctorado en Física en la UBA, un posdoctorado en astrofísica computacional en Estados Unidos y otro en inteligencia artificial, hasta llegar al cargo actual como directora del Instituto AstroAI. En 2025, la Casa Blanca le entregó el Premio Presidencial a la Trayectoria Temprana para Científicos e Ingenieros, la distinción más alta que concede el gobierno de Estados Unidos a profesionales en los comienzos de su carrera. Un reconocimiento que, en la conversación, ella desdramatiza con una sonrisa: dice que el premio es importante, pero que lo que realmente la mueve es la pregunta de investigación.

La pregunta grande, respondida con números

Y la pregunta grande es, claro, si hay vida en otros lugares del universo. La respuesta de Garraffo es categórica, y la pronuncia con la misma calma con la que describe el clima de Cambridge: piensa que hay vida en otros lugares del universo, aunque aclara que no puede probarlo todavía. La razón, dice, es estadística. Lo raro sería que no hubiera más vida que la que conocemos.

“Pienso que hay vida en otros lugares del universo. No puedo probarlo. Pero es una cuestión estadística. Lo raro sería que no hubiera más vida que la que conocemos.”Cecilia Garraffo, directora del Instituto AstroAI de Harvard

Cuando se le pide precisión, la científica aclara que habla de cualquier forma de vida, desde una bacteria hasta un virus, y que las distancias cósmicas hacen poco probable cualquier tipo de comunicación, incluso si existiera vida inteligente en algún rincón lejano de la galaxia. Es decir: la estadística puede sugerir que no estamos solos, pero el universo, enorme y silencioso, no parece tener muchas ganas de facilitar el contacto.

Inteligencia artificial hecha en casa, a la medida del cielo

El instituto que dirige Garraffo trabaja con modelos propios de inteligencia artificial, desarrollados dentro del propio laboratorio, sin depender de las herramientas comerciales que copan las conversaciones de estos días. La particularidad de esos sistemas no es solo la velocidad con la que procesan volúmenes inéditos de datos, sino algo más sutil y, para la astrónoma, más revolucionario: la capacidad de encontrar patrones que nadie estaba buscando a priori. Podemos intencionalmente buscar patrones que no conocemos ni sabemos que están ahí, resume.

El contexto lo da un vecino austral de Chile: el Observatorio Vera Rubin, una obra de ingeniería colosal instalada en Cerro Pachón. En una sola jornada de observación, produce la misma cantidad de datos que todo lo acumulado a lo largo de la historia de la astronomía. Procesar esa catarata de información sin herramientas de inteligencia artificial sería, dice Garraffo, sencillamente imposible. La IA no es un accesorio: es la única manera de mirar, con sentido, el aluvión de imágenes y espectros que llegan desde el sur.

Biosignaturas: las huellas químicas de la vida

Para detectar vida, los científicos no buscan platillos voladores ni señales de radio: analizan biosignaturas, es decir, señales químicas en la atmósfera de planetas extrasolares que podrían indicar actividad biológica. Garraffo menciona entre las moléculas candidatas al oxígeno, un gas que en la Tierra asociamos casi automáticamente con la presencia de vida, aunque reconoce que medirlo en atmósferas lejanas es técnicamente difícil con los instrumentos actuales.

Antes de volver a subirse al avión, Garraffo se detiene un momento en el bar del ITBA, donde el viento de la tarde empieza a mover las hojas de los árboles de Puerto Madero. Le pregunto cómo se siente pisando de nuevo Buenos Aires después de tantos años en Cambridge, y ella se ríe: dice que le gusta venir, que cada vez que vuelve se acuerda de por qué se fue, y que la pregunta sobre la vida en el universo, que parece la más grande de todas, se contesta mejor con paciencia, con datos y con buenos algoritmos que con titulares. Afuera, el río sigue su curso, indiferente a las estadísticas del cosmos.

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Marta VillalbaSociedad

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