Cuando el cuerpo avisa y nadie descifra: la histamina como hilo invisible detrás de migrañas, panza hinchada y noches sin descanso
El genetista Jorge Dotto explica cómo una sustancia química presente en alimentos y en el propio organismo puede acumularse hasta provocar síntomas que parecen no tener conexión. La clave está en la tolerancia individual, la herencia y el peso del estrés cotidiano.

Son las nueve de la mañana en un consultorio de Belgrano y la luz de octubre entra filtrada por la persiana. Hace un calor húmedo, de esos que pesan en la nuca antes de que arranque el día. En la sala de espera hay una mujer con los ojos enrojecidos que se queja de migrañas repetidas, un hombre que se toca la panza como si le pesara y una chica joven que dice no pegar un ojo desde hace semanas. Para el médico genetista Jorge Dotto, los tres pacientes podrían estar contando distintas partes de un mismo relato: el de un cuerpo al que se le acumula histamina y termina dando avisos que parecen desconectados.
En muchas familias hay un patrón que nadie termina de unir. Uno tiene migrañas frecuentes, otro vive con la panza hinchada, alguien duerme mal y una hija tuvo problemas respiratorios de chica. Dotto, que trabaja en el Hospital Italiano y es referente en nutrigenómica, sostiene que entender cómo funciona la histamina ayuda a leer mejor señales que el cuerpo viene dando hace tiempo, y que suelen estudiarse por separado sin encontrar una causa común. La histamina es una sustancia que el propio organismo produce y que también ingresa con los alimentos, y puede estar detrás de síntomas que parecen no tener relación.
Una sustancia con muchas funciones y un umbral propio
Esta sustancia química cumple funciones variadas en el organismo. Participa en el estado de vigilia, en los mecanismos de apetito y saciedad, en funciones cognitivas, en la producción de ácido estomacal, en la contracción intestinal y en la regulación cardíaca. También se activa cuando el sistema inmune identifica una amenaza, lo que explica su presencia en reacciones alérgicas clásicas como picazón, sarpullido o estornudos.
El problema aparece cuando la cantidad de histamina que se acumula supera la capacidad del cuerpo para eliminarla. Dotto lo grafica con la imagen de un vaso: "Acumulo, acumulo, acumulo y exploto, porque no puedo sacar el tapón". Ese vaso se llena con lo que se come, con el estrés, con el ejercicio intenso o con variaciones hormonales. Mientras no rebalsa, no hay síntomas. Cuando se llena, aparecen las reacciones.
- Quesos curados y embutidos, por fermentación y maduración.
- Vino tinto y cerveza, por fermentación alcohólica.
- Chocolate, por contener sustancias que estimulan la liberación.
- Tomate, palta, berenjena y espinaca, con carga elevada en algunos casos.
- Pescado azul y mariscos, sobre todo si no están frescos.
- Conservas y alimentos fermentados como chucrut o vinagre.
Los alimentos con mayor carga de histamina, o que estimulan su liberación interna, incluyen varios de consumo cotidiano en la mesa argentina: desde el queso rallado sobre la pasta hasta el sándwich de jamón y queso, la copa de vino de los domingos o el tomate del almuerzo. Pero la dosis importa tanto como el alimento: una persona puede tolerar el tomate cherry y reaccionar al tomate común. "No todos reaccionamos de la misma manera a las mismas sustancias químicas", señala Dotto.
Genética, familia y sexo: por qué no a todos les pega
El componente genético explica por qué la intolerancia puede presentarse en varios miembros de una familia. Cada persona hereda información que determina cómo procesa ciertas sustancias, pero la forma en que eso se expresa varía. Dotto menciona el caso de dos hermanas gemelas con síntomas distintos a pesar de compartir casi el mismo ADN: la diferencia estaba en lo que cada una comía y en factores del entorno. "Que aparezcan intolerancias en una misma familia es lo esperable, no la excepción", afirma.
En las mujeres, las hormonas agregan otra variable. La relación entre estrógenos e histamina puede hacer que ciertos síntomas cambien a lo largo del ciclo menstrual, durante el uso de anticonceptivos o en etapas como el embarazo y la menopausia. Algo de eso nota Adriana, vecina de San Isidro, que cuenta que sus migrañas aparecieron después de los treinta y que empeoran en los días previos a la menstruación: "Antes iba a tres médicos distintos, uno por la cabeza, otro por la panza, otro por el sueño. Hasta que alguien me dijo que podía ser todo lo mismo", dice mientras toma un mate en la vereda, con una brisa tibia que mueve las hojas de los jacarandás.
Dotto insiste en que el primer paso es dejar de fragmentar al paciente. Antes que nada, recomienda llevar un registro de lo que se come, de los síntomas y de los momentos en que aparecen. Después, ajustar la alimentación reduciendo los alimentos con mayor carga, sin hacer dietas extremas. Y, sobre todo, entender que el cuerpo no habla por separado: a veces, el dolor de cabeza, la panza inflamada y la noche en vela están diciendo lo mismo.
Volviendo a la sala de Belgrano, la mujer de los ojos enrojecidos se levanta y le dice a la recepcionista que la próxima cita la quiere con el mismo doctor. Afuera, el viento del Río de la Plata mueve apenas las copas de los plátanos. Dotto la ve irse y vuelve a su pantalla, con la certeza de que detrás de muchos malestares catalogados por separado hay un hilo en común que todavía queda por nombrar.
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