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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Digger, la nueva cruzada de Iñárritu: el arte que se atraganta de su propio financista

Más de diez años después de “Birdman”, el director mexicano regresa al teatro y a las bambalinas con Tom Cruise como protagonista de una película que pone sobre la mesa una pregunta de hierro: ¿puede el cine denunciar al dinero que lo sostiene sin terminar siendo parte de ese mismo juego?

LB
Lorena BergamascoCultura y espectáculos · · 4 min de lectura
Digger, la nueva cruzada de Iñárritu: el arte que se atraganta de su propio financista

Lo confieso: cada vez que me siento en la butaca de un cine y las luces se apagan, una parte de mí sigue esperando esa sensación que tuve allá lejos y hace tiempo con “Birdman”, esa película de 2014 donde Alejandro González Iñárritu nos metió dentro de un teatro de Broadway con cámara al hombro y un Michael Keaton enorme, sacudido por sus propios demonios creativos. Bueno, después de más de una década, el director mexicano volvió a pisar el mismo escenario. Lo hace con “Digger”, una película que comparte mucho ADN con aquella ópera prima celebratedora del teatro, pero que decide correrse unos metros hacia un lugar bastante más incómodo, más áspero, menos festivo. Y la apuesta, hay que decirlo, tiene su riesgo.

El punto de partida es casi una trampa que el propio guión se tiende a sí mismo. Tom Cruise interpreta a un artista que acepta el apoyo de un magnate millonario para levantar una obra teatral, con un objetivo que ya de entrada suena contradictorio: el dinero que lo financia es, al mismo tiempo, el mismo poder que habría empujado a su hija a una situación límite. La idea es sencilla pero incómoda: el arte que denuncia al dinero solo existe porque ese dinero, generoso o cínico, le pagó el alquiler, le pagó la sala, le pagó las luces.

El teatro como espejo y como campo de batalla

En “Birdman”, Iñárritu nos mostraba a un actor buscando redimirse de un blockbuster de superhéroes y a un teatro que parecía todavía un reducto donde la creación se medía con otra vara. “Digger” parte de ahí, pero la película entiende algo que su antecesora esquivaba: el teatro, como cualquier industria cultural, también tiene a sus financistas, a sus padrinos, a sus patrocinadores con nombre y apellido. La película se pasa metraje mostrando cómo el dinero privado condiciona decisiones artísticas, qué se puede decir y qué se debe callar, y cómo el público, al aplaudir la caída simbólica de un magnate en una ficción, se da el lujo de una catarsis que en la vida real, claro, nadie le va a regalar.

Hay otro detalle que a los que vimos “Birdman” nos va a saltar a la vista: se fue el famoso truco del falso plano secuencia, aquella idea de que la película transcurría en una sola toma interminable. Casi todo lo demás, en cambio, sigue ahí: la cámara pegada a la cara de los actores, la sensación de estar en los camarines, de escuchar el murmullo del público antes de que se levante el telón, de ver a un protagonista que pelea consigo mismo más que con cualquier director de escena. Lo que cambia, y acá está la clave, es la intención. Si “Birdman” terminaba dejando lugar a un optimismo de manual, “Digger” cierra con bastante menos consuelo. La película no viene a celebrar nada, viene a señalar, con el dedo bien firme, las contradicciones estructurales de trabajar dentro de una industria que no podría existir sin los capitales que dice querer incomodar.

Tom Cruise, la única carta fuerte para la temporada de premios

  • La película se aleja del tono celebratorio de “Birdman” y adopta una mirada más áspera sobre la relación entre arte y dinero.
  • Hereda buena parte del lenguaje visual de aquella película, pero descarta el recurso del falso plano secuencia.
  • La contradicción central es la materia prima del relato: un artista financiado por el mismo poder que denuncia.
  • Su tono más radical la deja en una posición incómoda en el circuito de premios, donde suelen primar los títulos de gran alcance comercial.
  • La gran variable es la actuación de Tom Cruise, que tendrá que cargar con el peso de la campaña.

Y acá aparece el elefante dentro de la sala. “Digger” no es, ni de cerca, la película cómoda que la temporada de premios suele premiar. La Academia y los distintos circuitos tienden a inclinarse por títulos que combinan prestigio con músculo comercial, y una historia tan deliberadamente incómoda, tan refractaria a la postal feliz, no la tiene fácil. La única variable que puede torcer el cálculo, y acá me mojo, es Tom Cruise. Si la actuación del astro se vuelve de esas que no te podés sacar de la cabeza, lo suficientemente densa y arriesgada como para sostener una campaña entera, la película puede encontrar un salvavidas. Si no, me temo que el camino al Oscar se le va a hacer cuesta arriba.

Después de dejar la butaca, una se queda con una pregunta dando vueltas que la película no tiene ninguna intención de responder, y creo que eso es lo más honesto que hizo Iñárritu en mucho tiempo: ¿el cine puede denunciar al dinero que lo financia sin volverse, en el mismo movimiento, parte del problema? “Digger” no contesta. Prefiere mostrar la trampa, dejarla abierta sobre la mesa y obligarnos a mirarla. Y a mí, personalmente, esa clase de cine me sigue pareciendo de las cosas más valiosas que nos puede dar esta industria nuestra, tan ruidosa y tan llena de marketing. Aunque, claro, también es justo reconocer que cuando uno mira el reloj y ve la hora que es, se pregunta cuántas películas como esta puede bancar un negocio que, al final del día, también es, y no nos olvidemos, una cuestión de plata.

LB
Lorena BergamascoCultura y espectáculos

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