La fibrosis pulmonar avanza en silencio: alertan que el diagnóstico puede tardar hasta dos años y piden no naturalizar la falta de aire
Especialistas en neumonología y reumatología insisten en que la disnea progresiva y la tos seca persistente no son cosas de la edad, y que las enfermedades autoinmunes pueden dañar los pulmones sin dar señales respiratorias. En una cohorte argentina, cuatro de cada diez pacientes comprometidos no tenían síntomas.

Lo dijo mientras revisaba una placa en su consultorio del Hospital de Clínicas y afuera, en Buenos Aires, el viento del sur golpeaba los árboles de la Plaza Houssay con una insistencia que hacía pensar en inviernos que no terminan. Juan Ignacio Enghelmayer, neumonólogo especializado en enfermedades pulmonares intersticiales, levantó la vista y me planteó una pregunta que a esta altura suena casi obvia y, sin embargo, sigue provocando consultas tardías: ¿por qué seguimos atribuyendo al paso de los años la pérdida de aire que antes no teníamos? La fibrosis pulmonar, esa enfermedad que va dejando cicatrices permanentes en el tejido de los pulmones y que puede comprometer la oxigenación de la sangre, tiene la mala costumbre de instalarse de a poco, sin estridencias, y por eso en muchos casos termina diagnosticándose recién uno o dos años después de los primeros indicios, según advierte la comunidad médica.
Para entender de qué hablamos cuando hablamos de fibrosis, alcanza con imaginarse un pulmón sano como una esponja flexible que se infla y se desinfla con cada respiración. Ahora pensemos en esa misma esponja endureciéndose, volviéndose rígida, formando cicatrices que no se van. Eso es lo que les pasa a quienes conviven con esta enfermedad, que puede aparecer asociada a enfermedades autoinmunes, a la inhalación de partículas en ciertos ambientes laborales o al efecto de determinados medicamentos. Cuando los estudios no logran identificar un origen claro, los especialistas la llaman idiopática, un término que no esconde magia sino simplemente la confesión honesta de que todavía no se sabe por qué ese pulmón empezó a fibrosarse.
Las señales que no hay que dejar pasar
- Falta de aire que aparece con esfuerzos cada vez menores, incluso al caminar trechos cortos o al subir pocos escalones.
- Tos seca persistente, sin moco, que no cede con tratamientos comunes y se prolonga en el tiempo.
- Sensación de agotamiento desproporcionado frente a actividades que antes se toleraban sin problema.
- Empeoramiento de la disnea en pocos días, que constituye un motivo de consulta urgente.
Enghelmayer es claro al respecto: ninguna de esas manifestaciones alcanza por sí sola para confirmar una fibrosis, pero todas justifican una evaluación médica. El neumonólogo me insistió en un punto que repite cada vez que puede: la edad no normaliza la falta de aire. Aunque la enfermedad es más frecuente después de los sesenta, sentir que el cuerpo ya no responde como antes no debe descartarse como un capricho del calendario, porque en muchos casos es la primera pista de algo que está pasando en los pulmones y que solo una tomografía de alta resolución puede mostrar con claridad. Ese estudio, junto con la auscultación y una buena historia clínica, es el camino para llegar a tiempo.
“La pérdida de capacidad para hacer esfuerzos no debe atribuirse automáticamente al envejecimiento; estas enfermedades son más frecuentes después de los 60 años, pero la edad no vuelve normal la falta de aire.”Juan Ignacio Engelmayer, neumonólogo del Hospital de Clínicas
Cuando el enemigo es una enfermedad autoinmune
Hay un capítulo de esta historia que me resultó especialmente revelador y que vale la pena recorrer con detenimiento. Lejos de limitarse a los pulmones, la fibrosis puede llegar como convidada de piedra de enfermedades autoinmunes como la esclerosis sistémica o la artritis reumatoidea, y aquí aparece un dato que da que pensar: no siempre hay tos ni falta de aire que avise lo que está ocurriendo. Fabiana Montoya, jefa de Reumatología del Hospital Ramos Mejía, me lo explicó con una franqueza que se agradece, y mientras afuera del hospital el aire de la tarde se volvía más fresco, la especialista me confió que en una cohorte argentina en la que participó, el 35 por ciento de los pacientes con enfermedad pulmonar intersticial asociada a autoinmunidad no presentaba síntomas respiratorios. Dentro de ese grupo silencioso, el 40 por ciento tenía una afectación extensa en la tomografía, es decir, un compromiso pulmonar serio que solo podía verse en imágenes y no en el cuerpo.
Eso cambia la manera de pensar los controles. Montoya señaló que quienes reciben un diagnóstico de esclerosis sistémica deben ser evaluados desde el primer día en busca de compromiso pulmonar, mientras que en artritis reumatoidea la búsqueda se concentra en pacientes con determinados factores de riesgo, como el tabaquismo o la presencia de ciertos anticuerpos. La idea de fondo es simple y a la vez profunda: en estas enfermedades, la falta de síntomas respiratorios no equivale a la falta de enfermedad, y esperarlos para actuar puede significar llegar tarde.
A esa altura de la tarde, el viento había aflojado un poco pero el cielo seguía gris sobre el Ramos Mejía, y yo no podía dejar de pensar en la cantidad de veces que uno mismo o algún conocido le sacó importancia a una tos seca que llevaba semanas sin irse o a una escalera que de pronto parecía más alta que antes. La fibrosis pulmonar no es la causa más común detrás de esos malestares, pero sí es una de las que más sufre cuando se la descubre tarde. Por eso los especialistas insisten en algo que parece de sentido común y que, sin embargo, cuesta poner en práctica: frente a la duda, consultar; frente al cambio en la respiración, no normalizar; frente a una enfermedad autoinmune ya diagnosticada, preguntar activamente cómo están los pulmones, aunque no molesten. Después de todo, como me decía Engelmayer mientras apagaba el negatoscopio y el viento de la plaza seguía moviendo las hojas secas, la diferencia entre una cicatriz detectada a tiempo y una cicatriz instalada puede medirse en años de vida.
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