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Viernes, 16 de octubre de 2026
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La pared que late: la nueva escenografía vinílica de Mario Pergolini bajo la luz azul del sótano

El conductor de No preguntes por Rusia fabricó con una impresora 3D los soportes de una estructura pensada para renovar las tapas disco tras disco. La selección recorre a Spinetta, Pink Floyd, Nirvana y Babasónicos, entre muchos otros, y convive con un stormtrooper, una guitarra y una estantería de compactos.

LB
Lorena BergamascoCultura y espectáculos · · 4 min de lectura
La pared que late: la nueva escenografía vinílica de Mario Pergolini bajo la luz azul del sótano

Hay una imagen que se repite cada noche cuando se enciende la cámara en el sótano desde donde Mario Pergolini conduce No preguntes por Rusia: la penumbra azulada que baña las paredes, un sillón que parece testigo de infinitas conversaciones, una guitarra esperando colgada de un soporte, una lámpara de pie que da el calor hogareño que el conductor insiste en construirle a su público. Ahora, sobre ese fondo oscuro, apareció una nueva estantería de discos de vinilo que cambió la geografía visual del estudio y que, además, tiene una pequeña historia de craft detrás: Pergolini contó que él mismo fabricó los soportes con una impresora 3D, pieza por pieza, para poder ir modificando las tapas sin tener que desarmar toda la estructura cada vez que le entre el arranque de pasar a otro disco.

La conversación se disparó cuando su columnista Nico Etevenaux, que tiene el ojo entrenado para detectar cualquier movimiento en la escenografía, reparó en el sector cercano a la figura de un stormtrooper de Star Wars que custodia un rincón del set. Entre los dos empezaron a pasar títulos: el conductor señaló Peluson of milk, de Luis Alberto Spinetta, y Fore!, de Huey Lewis & The News, como si repasara la lista de invitados que tuvo la semana. Después vinieron Pink Floyd, Manu Chao y Babasónicos, y más abajo, como una segunda ola generacional, Catupecu Machu, The Velvet Underground, The Rolling Stones, Los Tipitos y hasta un Barry Manilow que sobrevive ahí con absoluta dignidad, conviértase eso en una declaración de principios sobre los gustos del conductor.

Joyitas que se cuelan entre las filas

  • Un laserdisc de Prince, esa reliquia ochentosa que muy pocos siguen conservando con el celo del primer día.
  • Una edición japonesa de Nirvana, de esas que los coleccionistas persiguen durante años.
  • Pasadas por Los Piojos, AC/DC, Daniel Melingo, La Renga, Foo Fighters, Viejas Locas, Ataque 77 y Fito Páez, que dan cuenta de la vena rockera y bien argentina de la selección.

Pergolini lo dijo con la tranquilidad de quien ya está pensando en el próximo recambio: "Los vamos a ir cambiando". Es decir, lo que hoy es una postal de la emisión del jueves puede mutar la semana próxima sin que se note la mano de un escenógrafo: la idea es que las tapas roten, que la pared se transforme al ritmo de los humores del conductor y, por qué no, de los guiños a los oyentes que pidan su disco en redes. A la colección se suman otros objetos de cultura pop y un mueble con equipos y piezas de colección, mientras que en otra pared se mantiene la estantería de discos compactos que ya era parte del paisaje desde el inicio de la temporada 2026.

Quien haya seguido el ciclo desde aquellos primeros envíos recordará que Pergolini presentó el estudio como un "sótano prestado" y avisó, casi como una advertencia amorosa, que las limitaciones del lugar le impedían recibir invitados con comodidad. Lo que entonces sonaba a queja a media voz hoy se resignifica: en lugar de pelearse con el espacio, el conductor lo fue habitando, le fue poniendo capas, lo convirtió en una especie de refugio donde la música manda. Esta nueva pared de vinilos es, en esa línea, la prueba más reciente de que el programa se piensa a sí mismo como una experiencia visual tanto como una conversación radial.

“Los vamos a ir cambiando.”Mario Pergolini

Y confieso, ya en mi propio terreno, que la idea me resulta casi terapéutica. Cualquiera que haya tenido una pared dedicada a discos entiende que no es decoración: es un mapa emocional, un álbum de fotos que se puede actualizar. Si me dejaran armar la mía, probablemente arrancaría con un Spinetta de los vitales, seguiría con Los Redondos en alguna de sus encarnaciones más luminosas, me dejaría tentar por un Bowie de la etapa berlinesa, sumaría a Amy Winehouse, a Drexler y, por qué no, a algún tango electrónico de los últimos años. Pero eso es un ejercicio inútil: lo interesante de esta pared de Pergolini es precisamente que se mueve, que nunca termina de cerrarse, que se resignifica emisión tras emisión. En un canal que muchas veces se llena de pantallas frías, ver a un conductor fabricarse sus propios soportes para que sus discos respiren un poco más me parece, en el mejor sentido de la palabra, un acto de amor por la música. Y por quienes todavía la miramos antes de escucharla.

LB
Lorena BergamascoCultura y espectáculos

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