La pesadilla real que Gus Van Sant convirtió en thriller y que ya se puede ver en streaming
Bill Skarsgård protagoniza una película olvidada en las salas que ahora recupera protagonismo en Movistar Plus, basada en un caso de los años setenta que parece escrito por la crisis económica de cualquier época.

Imaginate la escena: un hombre entra a una oficina bancaria con un dispositivo atado al cuello de su rehén y exige que lo dejen hablar en vivo por televisión nacional para contar su versión de una estafa que, según él, lo dejó al borde de la ruina. La imagen es tremenda por donde se la mire, y es exactamente el punto de partida de Dead Man's Wire, el filme que el director de Portland viene a presentar a la pantalla chica después de un paso fugaz por los cines.
La película, que en Latinoamérica se titula Prime Crime: A True Story, reconstruye el caso real de Tony Kiritsis, un hombre de clase media que en los años setenta se presentó en la sede de un banco donde había solicitado un préstamo para comprar un terreno. La entidad se lo negó y él sospechó que detrás de la negativa estaba el interés de quedarse con la propiedad para especular. La respuesta de Kiritsis fue tan extrema como cinematográficamente productiva: tomó como rehén al hijo del dueño del banco con un artefacto rudimentario pero potencialmente letal, y formuló dos pedidos bien concretos, una indemnización económica y la posibilidad de contar su historia en televisión nacional.
Un caso que parece de hoy, filmado como en los setenta
El director Gus Van Sant, que viene de filmar Todo por un sueño y de instalar a actores como Matt Damon y River Phoenix en el mapa del cine independiente norteamericano, retoma acá su viejo interés por personajes que chocan de frente contra las reglas del sistema y buscan salidas desesperadas fuera de los márgenes. En ese sentido, la elección de contar esta historia ahora no parece casual: el clima de endeudamiento, las sentencias judiciales leídas en noticieros y la sensación de que las instituciones juegan a favor propio resuenan con cualquier crisis contemporánea.
Para llevar adelante la operación, Van Sant se apoyó en Bill Skarsgård, el actor sueco que en los últimos años pasó del terror al drama sin perder un centímetro de presencia. Skarsgard se pone en la piel de Kiritsis con una tensión sostenida que va creciendo de a poco, sin estridencias, y carga con el peso de una historia en la que la cámara nunca puede desatender al rehén ni al reloj. La puesta en escena trabaja con referencias formales bien explícitas al cine de género norteamericano de los años setenta, aquel thriller urbano en el que la presión policial se mezclaba con la cobertura mediática en tiempo real y los teléfonos públicos sonaban cada quince segundos.
- Un caso real de los años setenta, el de Tony Kiritsis, que tomó como rehén al hijo de un banquero y pidió salir en vivo por televisión nacional.
- Un director, Gus Van Sant, con oficio para contar historias de personajes enfrentados al sistema sin moralinas fáciles.
- Un protagonista, Bill Skarsgård, que sostiene la tensión sin gritar nunca en cámara.
- Un presupuesto moderado y apenas 3,8 millones de dólares recaudados en salas, número que el streaming puede empezar a revertir.
- Una presencia clave sobre el cierre, la música de Gil Scott-Heron, que carga el desenlace de sentido político sin romper el pulso del thriller.
El streaming como segunda oportunidad
El filme llegó a las salas con un presupuesto estimado por debajo de los quince millones de dólares y se retiró con una recaudación discreta, apenas 3,8 millones. Es el tipo de estreno que en otra época terminaba directamente enterrado en el circuito de arte y ensayo, pero hoy encuentra en las plataformas una segunda vida: en este caso Movistar Plus, donde ya se puede ver. No es un detalle menor para una película tan atada a su tempo y a su formato, porque la pantalla chica, con su lógica de series y de maratón hogareña, le viene como anillo al dedo a un material construido casi íntegramente en una sola noche de tensión.
Quiero cerrar con una reflexión, ya que esta sección me lo permite: el cine de género con ambición autoral parece haber encontrado en las plataformas un refugio que las salas, cada vez más concentradas en blockbusters y pochoclo, ya no le garantizan. No es una queja, es una observación. Van Sant lleva décadas contando historias incómodas de perdedores con sistemas, y esta vez, con un caso real que bien podría estar en cualquier diario de hoy, vuelve a acertar. Si te interesa el thriller clásico pero con capas de crítica social, esta peli merece una noche y un sillón cómodo.
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