Sarah Paulson se cruza con Lizzie Borden: cuando Netflix le regala un final a Aileen Wuornos
La cuarta entrega de la antología de Ryan Murphy mete a la asesina serial de Florida en la casa de Fall River a través de lecturas, visiones y un encuentro imaginario. No hay pruebas históricas de esa obsesión ni de la visita que muestra la ficción, pero el guion necesita ese puente para cerrar la historia de Wuornos con una despedida.

Volví a caer en la trampa. Apenas arranca el cuarto episodio de Monstruo: La historia de Lizzie Borden y Netflix me vuelve a arrastrar al living de la casa de Fall River, esa misma casona donde, en temporadas anteriores, ya nos habían convidado té envenenado y nos habían hecho mirar de cerca el hacha. Pero esta vez hay una invitada inesperada en esa mesa larga: Sarah Paulson, con el pelo corto y la mirada perdida, interpretando a Aileen Wuornos, la asesina serial de Florida que en 2002 fue ejecutada por inyección letal después de confesar siete crímenes.
La propuesta de la antología creada por Ryan Murphy y su equipo siempre fue esa, ya lo sabemos los que seguimos la serie desde el principio: tomar un caso real y deformarlo con la cámara hasta volverlo un cuento de hadas oscuro. Lo hicieron con Jeffrey Dahmer, lo repitieron con los Menendez y ahora redoblan la apuesta con el doble asesinato de Andrew y Abby Borden, ocurrido en 1892, que ya tiene más de un siglo de mitología encima. Pero esta cuarta entrega tiene una vuelta de tuerca extra: el guion decide cruzar a Wuornos con Lizzie, meterla dentro de la casa, darle una noche entera en esa habitación donde todavía parece quedar olor a sangre, y usar esa convivencia como un espejo.
Dos casos, dos siglos y un recurso narrativo
Conviene separar la paja del trigo. Por un lado está el expediente real de Wuornos: seis condenas a muerte en Florida por asesinatos cometidos entre 1989 y 1990, una confesión de siete víctimas, el argumento inicial de la defensa propia que fue perdiendo fuerza a medida que avanzó la causa y un final de madrugada de octubre del 2002 en la cámara de la prisión. Por otro, está lo que la serie construye como relación entre Wuornos y Lizzie Borden: lecturas en voz alta, una visita que la propia ficción admite imaginaria y un encuentro cara a cara que solo ocurre después de la muerte.
No hay un solo papel, una carta, una declaración judicial ni una entrevista que respalde esa fascinación de Wuornos por el caso Borden. Tampoco hay constancia de que la condenada de Florida haya pisado jamás la casa de Fall River. El guion se toma esa libertad a sabiendas, y el cocreador Ian Brennan lo cuenta casi con orgullo: la idea era regalarle al personaje un cierre, aunque ese cierre no fuera precisamente un final feliz.
- Wuornos fue ejecutada en 2002 a los 46 años, tras seis condenas a muerte en Florida.
- La serie la traslada a la casa de los Borden recién en el cuarto episodio, con un encuentro en una carretera de Florida en 1988.
- El sexto capítulo la muestra pasando una noche en la vivienda de Fall River, en un montaje que alterna con la investigación de 1892.
- Lizzie se le aparece en visiones y, al final de la temporada, la recibe después de la muerte, como una forma de despedida.
“Buscábamos ofrecerle al personaje de Wuornos un cierre satisfactorio, aunque no fuera feliz.”Ian Brennan, cocreador de la serie
La licencia como motor de la historia
Lo que hace esta temporada no es nuevo en la antología. Ya en entregas anteriores Murphy y compañía habían estirado los hechos hasta hacerlos crujir, siempre con la coartada de que la verdad procesal es una cosa y la verdad emocional de un relato es otra. Pero aquí el recurso queda más expuesto que nunca, porque la relación entre Borden y Wuornos es el corazón mismo del último tramo y está construida desde cero. La Wuornos de Paulson lee un libro sobre Lizzie con su novia, se reconoce en ella, y la Lizzie del siglo XIX, todavía vagando por su casa como un fantasma con rencor, le devuelve esa mirada desde el otro lado del tiempo.
Yo lo miro y no puedo evitar preguntarme hasta dónde llega el truco y dónde empieza la falta de respeto. Me sigue pareciendo una serie brillante para ver de noche, con el volumen bajo y las luces apagadas, y Paulson vuelve a componer un personaje con esa mezcla de fragilidad y violencia que se le da tan bien. Pero también pienso que hay algo un poco tramposo en vendernos un vínculo inventado entre dos mujeres que nunca se cruzaron en la vida real, y usar ese vínculo como si fuera la clave emocional de toda una temporada. En momentos así, la antología deja de mirar los expedientes y empieza a mirarse a sí misma, que es exactamente lo que le critican sus detractores desde el primer capítulo de Dahmer.
Igual, quién te dice. A lo mejor dentro de cien años alguien escribe otro libro y otra serie decide que Wuornos y Lizzie se encontraron de verdad en un camarote de un tren, y nosotros, los que vimos esta temporada, nos vamos a reír un rato. Mientras tanto, Paulson se queda con el mejor plano de la serie: sentada en la escalera de la casa de los Borden, esperando que Lizzie baje a recibirla. Hay algo en esa imagen que justifica todas las licencias.
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