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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Teresita, la profesora que aprendió a cosechar almendras junto al Limay

En Plottier, Neuquén, una docente jubilada transformó un lote cubierto de malezas en un emprendimiento artesanal que la sostuvo durante el tratamiento oncológico que enfrentó en plena pandemia.

MV
Marta VillalbaSociedad · · 4 min de lectura
Teresita, la profesora que aprendió a cosechar almendras junto al Limay

Son las nueve de la mañana en el barrio Piscultura de Plottier y el viento del Alto Valle ya mueve las hojas de los almendros. A metros del río Limay, con el cielo todavía limpio y una brisa fresca que viene del agua, Teresita Peláez recorre su hectárea como quien pasa lista en un aula: cada árbol tiene su lugar en la memoria y en el calendario. Tiene 62 años, décadas de dar clases de Biología en la mochila y, desde hace un tiempo, una segunda vida que se mide en kilos de almendras cosechadas a mano.

La historia empezó hace casi veinte años, cuando Teresita compró ese terreno a orillas del Limay. "El lote estaba lleno de yuyos, era un fachinal", resume hoy entre risas, mientras acomoda las ramas jóvenes que todavía despuntan después del invierno patagónico. La primera urgencia fue levantar la casa; la pregunta por el resto del espacio quedó abierta durante años, esperando una respuesta que llegó, como suele pasar en la vida de los pueblos, de la manera más inesperada.

Un alambrado roto y una idea que empezó a crecer

Un agujero en el alambrado fue la excusa perfecta para intervenir ese sector del lote. Dejar la tierra sin trabajar significaba que las malezas volverían a adueñarse del lugar, pero destinar el riego sólo al césped le parecía, en sus palabras, "un desperdicio". Entonces recordó un almendro que años antes había plantado en otro rincón del terreno, y se preguntó por qué no sumar más. La pregunta parecía simple, pero detrás había un cambio de vida que todavía estaba en silencio.

Buscó asesoramiento en el Centro PyME de la zona y allí la recibió la ingeniera Silvana Moschini, una técnico que, según recuerda Teresita, se transformó en la otra bisagra del proyecto. "Es una enamorada de los almendros, hizo que me enamorara", cuenta sobre aquella primera charla. En 2013 plantó los primeros árboles justamente donde había estado roto el alambrado. Dos años después incorporó un segundo cuadro de plantación, y el terreno empezó a dejar de ser un descampado para convertirse en otra cosa.

  • Almendras naturales
  • Almendras tostadas
  • Almendras saladas
  • Almendras garrapiñadas
  • Harina de almendras

Un hobby que se volvió sostén en la pandemia

Por entonces Teresita todavía daba clases en la escuela secundaria y el proyecto era, en sus propias palabras, "un hobby que a veces me ha resultado un poco caro". Había, además, una ventaja práctica que pesaba desde el principio y que a ella le resultaba decisiva: las almendras no necesitan venderse de inmediato después de la cosecha, lo que le permitía manejar los tiempos sin que el emprendimiento se transformara en una carga más para la economía familiar. Esa flexibilidad, menor, terminó siendo central cuando la vida le cambió el guion.

Porque la pandemia no sólo trajo aislamiento y encierro: en ese período Teresita fue diagnosticada con cáncer y empezó un tratamiento largo y exigente. En esos meses, la rutina del invernadero propio que había decidido construir se transformó en una forma de sostenerse día a día. Regar, podar, controlar la brotación, esperar la floración: cada tarea chica fue ocupando el lugar de las preguntas grandes y, sobre todo, el de la incertidumbre. "No sa...", alcanza a decir cuando intenta poner en palabras lo que fue esa etapa, y se le quiebra un poco la voz antes de terminar la frase.

“Es muy artesanal.”Teresita Peláez

Con el tiempo, el lote fue creciendo en otras direcciones. Los almendros abrieron la puerta a la apicultura, a las plantas aromáticas, a una huerta que alimenta la mesa y, durante la pandemia, al invernadero propio donde hoy se cuece buena parte del proyecto. De manera permanente trabaja junto a ella José Luis, un hombre con experiencia en chacras que se jubiló y se sumó al emprendimiento después de cruzar varias veces el alambrado de la confianza. "Es muy artesanal", describe Teresita sobre el modo de producción: nada de grandes volúmenes, nada de apuro, todo medido en kilos y en horas de paciencia. La poda, la fertilización, la cosecha y el empaquetado se hacen en casa, con las manos y con el calendario del Limay como única planilla.

Hoy Almendras del Limay es un nombre chico, pero con peso propio en la economía regional. Teresita vende en ferias, a través de pedidos directos y a conocidos que van pasando la voz. No hay local comercial ni empleados en relación de dependencia: hay una profesora jubilada, un colaborador de experiencia, un puñado de almendros y una historia que se cuenta mientras el viento del río sigue moviendo las hojas. Como aquella mañana de las nueve en que la encontré revisando los árboles, la escena se repite cada día: la misma brisa del Limay, el mismo cielo limpio del Alto Valle y la misma convicción de que un terreno lleno de yuyos puede terminar convertido en una pequeña fábrica de almendras, si alguien tiene la paciencia y el amor suficientes para esperarlo.

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Marta VillalbaSociedad

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