Dos preguntas para empezar a vivir en primera persona: el ejercicio que propone un filósofo de Emory
Ira Bedzow, doctor en Filosofía y director del Emory Purpose Project, plantea interrogar de quién es la vida que se lleva y quién debería fijar las reglas del propio camino. Un metanálisis y la mirada de Susan Wolf completan una guía para distinguir los deseos genuinos de los mandatos heredados.

Hay una escena que se repite más de lo que uno quisiera admitir, sobre todo a esta altura del año, cuando todavía resuena el ruido de las fiestas y la presión por haber tomado resoluciones: alguien sentado en la mesa de un bar, con la mirada clavada en el café, reconoce en voz baja que la vida que lleva no termina de sentirse propia. No hace falta ser un experto en filosofía para notar que algo no encaja. La pregunta, claro, es por qué cuesta tanto dar el primer paso para cambiarlo. Ira Bedzow, doctor en Filosofía y director ejecutivo del Emory Purpose Project, en la Universidad de Emory, lleva años dándole vueltas a ese interrogante, y lo que terminó por armar es bastante más simple de lo que uno imagina: dos preguntas, nada más, que sirven para empezar a separar lo genuino de lo heredado.
La primera es casi un espejo: ¿de quién es la vida que estás viviendo? La segunda, en cambio, incomoda: ¿quién debería determinar cómo vivís? Sobre la primera, cualquiera contesta rápido, casi por reflejo, porque uno cree tener bastante claro a qué le dice que sí cada mañana. La segunda, en cambio, obliga a detenerse, porque admitir que el rumbo no está fijado de antemano por nadie —ni por la madre, ni por el padre, ni por el entorno del pueblo donde uno se crio, ni por los amigos de toda la vida— es bastante más difícil de lo que parece.
Un guion ajeno que se vive como propio
Bedzow lo explica con una frase que condensa buena parte del problema: «Es más fácil conocer el camino correcto que se supone que debés tomar que pensar que debés inventar ese camino por vos mismo». Esa comodidad, esa ilusión de que ya hay un molde esperando, es la que lleva a muchos a vivir según un guion que no escribieron, sin haberlo elegido nunca en forma consciente. Y acá no se trata de echarle la culpa a la familia ni al barrio ni a los compañeros de trabajo: se trata de entender que las decisiones del día a día —desde la profesión que se ejerce hasta la manera de vincularse, desde la ciudad en la que se vive hasta la forma de gastar el tiempo libre— muchas veces están respondiendo más a expectativas ajenas que a convicciones propias.
El filósofo, que también se desempeña como profesor en la Escuela de Medicina de Emory, distingue con bastante claridad entre dos cosas que tienden a mezclarse: recibir perspectivas externas y entregarles el control. Que un colega opine sobre una oferta laboral, que un amigo cuestione una suposición sobre una relación de pareja, que un hermano mayor marque un error en un proyecto, todo eso puede servir para abrir los ojos sobre aspectos que uno no había considerado. La diferencia, insiste Bedzow, está en quién toma la decisión final y desde qué criterios. Porque, como le decía esta semana Enrique, un vecino de Moreno con el que uno se cruza en la vereda cuando el viento del sur empieza a pegar fuerte: «Yo durante años le pregunté a todo el mundo qué tenía que hacer, y lo peor es que terminé haciendo siempre lo que el último me decía».
Lo que dice la ciencia sobre perseguir los propios valores
Un metanálisis realizado por Sezer y su equipo, que agrupó varios estudios sobre la temática, encontró algo que a esta altura ya parece una perogrullada, pero que conviene repetir: las personas que persiguen metas alineadas con sus propios valores e intereses tienden a esforzarse más, a avanzar más en lo que emprenden y a registrar niveles más altos de bienestar. El contraste aparece con claridad cuando se compara con quienes orientan sus objetivos por expectativas parentales, por presión de estatus o, lo que es más frecuente y a la vez más silencioso, por miedo a la culpa. Ese último motor —el de hacer cosas para no quedar mal con alguien, más que porque uno las quiera de verdad— es, según lo que se desprende de la literatura revisada, uno de los más caros a largo plazo, porque consume energía y no devuelve satisfacción.
“No significa mirarse el ombligo, sino examinar las razones por las que elegimos lo que elegimos, considerar alternativas y aprender de los resultados.”Ira Bedzow, doctor en Filosofía y director ejecutivo del Emory Purpose Project
El aporte de Susan Wolf y el valor de lo elegido
La filósofa Susan Wolf, referente en el debate sobre el sentido de la vida, aporta otra pieza clave: el sentido no surge únicamente del deseo individual, sino de comprometerse con aquello que es genuinamente valioso. Dicho de otro modo, no alcanza con querer algo; hace falta preguntarse si eso que se busca merece, efectivamente, ser buscado. Bedzow recoge esa idea y la integra a su propuesta: las dos preguntas iniciales no son un ejercicio de autoindulgencia ni un pasatiempo introspectivo, sino una herramienta para evaluar con un poco más de seriedad el propio menú de decisiones.
Vuelvo a la escena del principio, la del café a medio tomar y la confidencia a media voz. Lo que propone Bedzow, en definitiva, no es una receta mágica ni un decálogo para dejar de escuchar a los demás. Es algo bastante más modesto y, por eso mismo, más útil: tomarse en serio la propia vida, empezando por interrogarse de dónde vienen las decisiones que uno cree tomar y quién tiene, en los hechos, la lapicera con la que se escribe el rumbo. Con el viento de afuera todavía soplando fuerte y la ciudad todavía acomodándose después del receso, parece un buen momento para empezar a hacerse esas dos preguntas, aunque la respuesta incomode. Después de todo, si uno no se las hace ahora, en algún momento del año las va a terminar respondiendo igual. La diferencia es si las responde en piloto automático o con un poco más de conciencia.
La propuesta de Bedzow dialoga, además, con una observación que la filósofa Susan Wolf viene desarrollando hace décadas: el sentido no aparece como un regalo ni como un descubrimiento casual, sino como el resultado de comprometerse con aquello que, después de pensarlo un rato, uno considera que vale la pena. La combinación de las dos preguntas con esa tercera —¿vale la pena lo que persigo?—, dibuja un mapa bastante completo para distinguir los deseos genuinos de las presiones que, sin que uno lo note del todo, terminan marcando la agenda.
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