La herencia silenciosa de la culpa: cuando los mandatos familiares se vuelven una carga para toda la vida
La psicóloga Cynthia Wila, autora del ensayo La culpa, analiza cómo las expectativas que madres y padres depositan en sus hijos pueden convertirse en exigencias imposibles de satisfacer y dejar huellas que persisten mucho después de la infancia.

En el consultorio y en las páginas de su último libro, la psicóloga Cynthia Wila vuelve una y otra vez sobre una escena que se repite: la de personas adultas que cargan con un reproche que nadie les formula en voz alta, pero que igual las persigue. El viento de esta tarde de otoño en Buenos Aires arrastra hojas secas por la vereda mientras, del otro lado del escritorio, una paciente le cuenta que todavía siente que defraudó a su madre. La escena, dice Wila, es el punto de partida de su ensayo La culpa, publicado por Paidós, donde propone revisar de qué se acusa cada persona y cuánta de esa carga pertenece, en realidad, a las expectativas de otros.
Para Wila, las aspiraciones que madres y padres depositan en sus hijos pueden transformarse en mandatos difíciles de sobrellevar. Sostiene que esas metas muchas veces incluyen proyectos que los propios adultos no lograron concretar, y que al trasladarlos a los más jóvenes se vuelve prácticamente imposible satisfacerlos: nadie puede cumplir con los deseos pendientes de otra persona.
El peso de un pedido dicho con cariño
La especialista advierte que no hacen falta palabras hirientes para generar una carga emocional. Un pedido formulado con afecto puede dejar igualmente abierta la pregunta sobre qué esperan los adultos y qué habría que hacer para obtener su aprobación, y esa búsqueda constante suele traducirse en angustia y culpa.
“Algunas exigencias quedan asociadas al miedo a perder el afecto de quienes las transmiten, y entonces las decisiones quedan condicionadas por ese temor.”Cynthia Wila, psicóloga y autora del ensayo La culpa
Wila distingue, en su planteo, entre las normas que ayudan a convivir -como las que ponen límites a la agresividad- y los mandatos que restringen las elecciones personales. Mientras las primeras regulan la vida en sociedad, los segundos operan desde el vínculo más íntimo y dejan marcas que, según la psicóloga, no se borran solo por cumplir años.
La voz que sigue sonando desde adentro
La autora señala que las voces y los juicios recibidos durante la infancia pueden incorporarse como reproches propios, y que en la adultez la exigencia puede persistir aunque ya no haya alguien formulándola desde afuera. Frente a ese mecanismo, propone detenerse a pensar qué está pasando y examinar la responsabilidad concreta por los propios actos, en lugar de sostener un cuestionamiento permanente sobre uno mismo.
- Las expectativas familiares pueden incluir proyectos no concretados por madres y padres, que se vuelven imposibles de satisfacer para los hijos.
- No hacen falta palabras hirientes: un pedido afectuoso también puede abrir la búsqueda permanente de aprobación.
- Algunas exigencias se asocian al miedo a perder el cariño de quienes las transmiten, condicionando decisiones propias.
- Los juicios de la infancia pueden incorporarse como reproches internos que persisten en la vida adulta.
- La propuesta de Wila es revisar qué se reprocha cada persona y distinguir la responsabilidad por los propios actos de la culpa heredada.
Antes de cerrar la consulta, Wila aclara que la influencia de la familia, la educación, la religión y la cultura varía según las experiencias de cada persona, y por eso habla de recorridos individuales atravesados por palabras, gestos y situaciones vividas. En la calle, el viento ya se calmó y la vereda queda cubierta de hojas que nadie barre todavía. Como aquella paciente que se fue pensando qué parte de su carga le pertenecía y cuál había heredado sin saberlo, la invitación de la psicóloga queda flotando en el aire: revisar la culpa, distinguirla de la responsabilidad y, sobre todo, dejar de cargar con los deseos que nunca fueron propios.
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